En un delirio, a un tiempo sacrílego y fascinante, el humano encuentra en las máquinas algo más que un logro técnico: a veces desvelan también la fantasía de profanar a la propia condición humana. Pero estos artificios –por extraños, absurdos o desmesurados que parezcan– difícilmente pierden su referencia con el organismo del humano. Eso despierta muchas sospechas: quizá sean un intento por transformar al cuerpo… o, más drásticamente, por desprenderse de él.
Por: Daniel Ochoa Rodríguez 1
Principios:
- A = Extensión: añadidura de prótesis y herramientas al cuerpo
- B = Mecanización: idea del cuerpo como máquina perfectible (vigorizada por A)
- C = Corrección: compromiso de ajustar el cuerpo (habilitada por B)
- D = Desbordamiento: momento en que la extensión (A) rebasa la escala humana
- E = Emancipación: el resultado de sumar los cuatro primeros principios (A+B+C+D)
Algunas combinaciones:
- B+C = Separación naturaleza-cultura e incomodidad respecto al cuerpo
- A+D = Industrialización, pero no emancipación (carece de B y de C)
- Súper E = Especulación hiperbólica y sin fundamento alguno
Preámbulo: tres lugares en 2026
Ciudad de México (A y D). Una persona abre la llave de su lavabo y de inmediato brota agua. Un gesto, que en otro tiempo o en otro sitio significaría un esfuerzo enorme —caminar kilómetros, cargar un balancín, arrear a una bestia—, se ha vuelto un acto tan cotidiano que casi no se nota su complejidad. A menudo se olvida que la cuenca del Valle de México necesita importar la mayor parte de su agua desde muy lejos y a un costo descomunal. Se trata de un mecanismo sumamente sofisticado —técnico, político, social— que hace posible proveer agua y hacerlo ver como algo consustancial al acto de vivir: “al fin y al cabo, sólo se trata de girar una válvula”.
Calcuta (A, B y ya un poco de D). Entre edificios victorianos del British Raj colmados de vegetación, banianos que crecen en las aceras y una plétora de letreros escritos indistintamente en inglés y bengalí, una persona camina por College Street. Circula todo tipo de transporte: tranvías, autobuses, automóviles particulares, motocicletas, bicicletas y, por supuesto, los típicos rickshaws (muchos son automáticos, otros funcionan con pedales y algunos pocos, casi extintos, van tirados por hombres a pie). Un solo lugar fusiona medios de transporte característicos de épocas diferentes que, pese a sus muy distintas tecnologías, comparten el propósito de transferir el esfuerzo humano y volver más eficientes sus desplazamientos.
París (E y quizás Súper E). Una persona camina por la ribera del Sena. Aunque la tradición encomienda a los buquinistas ofertar sólo libros viejos y afiches, un vendedor desobediente decide incorporar periódicos. Abierto aleatoriamente en la página tercera y colgado en toda su extensión, uno de los diarios anuncia dos noticias, una casi al lado de la otra: “Científicos crean la primera célula sintética en un laboratorio” y “China crea un robot especializado para trabajos de altura”. La gente, desacostumbrada a reconocer que los temas de actualidad aún se comunican en papel, pasa sin mayor interés. El caminante quiere comprar el periódico, pero el buquinista sólo recibe dinero en efectivo.
(A) Cuerpo extendido: del rascador de espalda al automóvil eléctrico
Entre 1960 y 1980, Iván Illich, un exsacerdote brillante con tendencias anarquistas, escribió una serie de libros que le resultaron incómodos a mucha gente. Se trataba de una crítica centrada principalmente en tres ejes de la sociedad moderna: la educación, la medicina y la movilidad. Entre muchas otras cosas, Illich denunciaba la ausencia de límites en el desarrollo de algunos mecanismos, cuya consecuencia apuntaba a la pérdida progresiva de autonomía en el ciudadano occidental. La modernidad no sólo había incumplido su promesa de sustituir al trabajo esclavo por el trabajo de máquinas y herramientas, sino que había suscitado el efecto contrario: una dependencia cada vez más fuerte hacia ellas. El humano se había vuelto esclavo de sus propias creaciones mediante un proceso que, extrañamente, parecía más bien un desdoblamiento incesante de sí mismo y, en algunos casos, un desbordamiento de su propio cuerpo.
Por supuesto, hay una discusión muy desarrollada sobre la relación entre el cuerpo y la herramienta. Mediante la noción de Organprojektion (proyección orgánica), Ernst Kapp aludía a un proceso de exteriorización de la esencia humana sobre su entorno, impulsado, en buena medida, por el desarrollo técnico. Años después, André Leroi-Gourhan afinó esta intuición. Aunque con rastros de un darwinismo ya un poco decrépito, señalaba a la herramienta como una prolongación del cuerpo y, por tanto, como un proceso evolutivo que ocurría fuera de él. El propio Leroi-Gourhan reconocía, sin embargo, las limitaciones de su intuición: la referencia al cuerpo era sólo aplicable a las herramientas clasificadas como primitivas (un martillo, un cuchillo, un garrote), pero se volvía insuficiente para explicar herramientas o máquinas más complejas.

Precisamente Illich nos aportó algunas claves para resolver esa limitación. Aunque en realidad él entendía a la herramienta en su sentido más amplio —cualquier objeto tomado como medio para alcanzar un fin específico—, la referencia al cuerpo era fundamental. El autor anunciaba el peligro de perder el control sobre las herramientas, especialmente cuando, en su transformación, comenzaban a exceder la escala humana, por ejemplo, en términos de fuerza, dimensión o comprensión. En ese sentido, quizá no es que las herramientas más complejas carecieran de una referencia en torno al cuerpo, sino que ésta había quedado cada vez más remota, separada por capas y capas de significados, procesos, actores y, en fin, todo tipo de mediación. La distancia entre el cuerpo y algunas herramientas se hacía cada vez más grande: con el tiempo, para controlar a una herramienta, se había vuelto necesaria otra herramienta, además de requerir un conjunto de mecanismos tecnológicos y sociopolíticos cada vez más enrevesados. Con ese antecedente, pensar en el futuro no delineaba un panorama muy tranquilizante, y las fantasías de la ciencia ficción, por muy perturbadas que estuvieran las mentes de sus autores, se habían vuelto absolutamente verosímiles.
(A+B) Cuerpo mecánico: la lucha contra un cuerpo que se cansa
Confieso que, pese a no convencerme del todo, la noción de Organprojektion me parece muy estimulante, más que nada por los caminos que abre para explorar. A partir de entender a ciertas herramientas como una suerte de extensiones corporales, me gusta imaginar al cuerpo como algo que, al rodearse de prótesis por todas partes, ha crecido gradualmente hasta el punto de desbordarse. Pero aquí es fundamental preguntarse, antes que nada, por qué el humano ha decidido incorporarse este tipo de elementos y, sobre todo, qué lo ha llevado a seguir alimentando ese proceso delirante de expansión. ¿Evolución, dominio, supervivencia? Podríamos conjeturar muchas razones, aunque me interesan particularmente dos: por un lado, la extensión continua de sus capacidades y, por otro, la superación de sus limitaciones, sean reales o percibidas. Una y otra dan orientaciones distintas tanto a la herramienta como a la técnica porque tienen posturas diferentes frente al cuerpo.
Extender una capacidad —ampliarla, incrementarla— supondría que el cuerpo, si bien competente, puede llevarse más lejos: percibir más frecuencias, moverse más rápido, sentir más placer. En cambio, superar una limitación llevaría el signo contrario, es decir, la idea de que el cuerpo no basta: es frágil, causa desconfianza, envejece, se cansa. Hoy, el culto tan difundido que se tiene a la tecnología —y en parte, también a la ciencia moderna—, parece orientarse más hacia este segundo camino: liberar a la condición humana de su realidad biológica, absolverla del cuerpo y de todos sus obstáculos.

Desde luego, la postura de un cuerpo lleno de limitaciones es propia de nuestra época. Las revoluciones en el pensamiento ocurridas durante los siglos XVI y XVII, hoy fustigadas pero aún vigentes, definieron una manera particular de entender al cuerpo, elemento que, junto con todo aquello que lo rodeaba —más tarde lo llamaríamos naturaleza— se entendía como un mecanismo. El mismo Descartes decía textualmente que el universo era una máquina. Esta nueva filosofía intuyó que la persona no se reducía a un ámbito material (el cuerpo, res extensa), sino que estaba integrada también por un componente inmaterial (la mente, res cogitans), cuyo testimonio, a diferencia del primero, arrojaba datos verídicos sobre la realidad. Al poner en duda a los sentidos, Descartes nos enseñó a desconfiar de la sensorialidad de nuestro cuerpo. Y aunque tuvo que pasar más de un centenar de años para que otras corrientes osaran devolverle al ámbito corporal el permiso de la sensación, las ideas que proliferaron sobre el cuerpo a partir de la filosofía mecanicista sobreviven hasta nuestros días.
Uno de los herederos más fieles de este principio ha sido la medicina moderna. El hecho de concebir al cuerpo como máquina tiene algunas implicaciones en su estudio (por ejemplo, en el refuerzo de algunas metáforas instrumentales, como “órgano”, “sistema”, “función”), pero también en la actitud frente a él, pues un mecanismo siempre está compuesto por partes reemplazables o reparables. Aún más: como toda máquina, el cuerpo es entendido como algo perfectible, sujeto a una valoración de eficiencia si se le añaden elementos —o si se le retiran—.
(B+C) Cuerpo incompleto —¿o excesivo?—: el vello, las amígdalas y el prepucio
Tres ejemplos, que podrían parecer banales e inconexos, en términos de esta discusión cobran mucho sentido. Aunque con argumentos muy diferentes, algunas posturas modernas en torno al vello, las amígdalas o el prepucio comparten la idea de que el cuerpo humano debe corregirse. Se concibe que la “naturaleza” muestra excesos que la “cultura” necesita ajustar. En continuidad con la filosofía mecanicista, durante la modernidad se vigorizó una tendencia por concebir al cuerpo como algo inacabado, incompleto o excesivo, en que siempre había un evento por cerrar o algo que modificar. Ciertamente, la técnica aseguraba la ejecución de ese mandato, pero la ciencia proporcionaba el amparo moral. Incluso en algunas sociedades, donde el cientificismo había trastocado fuertemente a las instituciones, podía volverse una prescripción incuestionada. El caso típico ha sido, por supuesto, Estados Unidos, epítome del mundo moderno.
Por motivos de espacio, me centraré en el tercer ejemplo: el prepucio como exceso. Durante el siglo XIX, en el mundo anglófono, particularmente en su facción protestante, comenzó a popularizarse la circuncisión, una práctica muy difundida hasta hoy en Norteamérica y en los países donde la presencia estadounidense ha sido preponderante, como en Corea del Sur o Filipinas. Un séquito de médicos conjugaba alegatos morales con argumentos científicos en favor de una intervención quirúrgica que, según su postura, tenía efectos provechosos para la salud física y mental —en pleno auge de la segunda revolución industrial, qué casualidad—. Jonathan Hutchinson, médico descendiente de cuáqueros ingleses, defendió a la circuncisión como método de prevención frente a enfermedades como la sífilis, además de actuar como un freno a la masturbación (una conducta que la ciencia de aquellos años señalaba como nociva, pero cuya reticencia fluía originalmente de un prejuicio religioso). Lewis Sayre, el verdadero responsable de masificar el procedimiento en Estados Unidos, argumentó efectos neurológicos y conductuales positivos. Más tarde, John Harvey Kellogg, recordado especialmente por su cereal, retomó el argumento de la circuncisión como obstáculo para las prácticas onanistas, cuestión que resonaba con la disciplina corporal estricta que promovía en el sanatorio Battle Creek, además de la eugenesia que profesaba en su proyecto Race Betterment Foundation. Higienismo, moral religiosa, industrialización y hasta un pretendido perfeccionamiento racial se encontraban imbricados. Por supuesto, el epicentro de este proyecto tan complejo era el cuerpo, al que se debía controlar, ordenar y corregir por todos sus flancos.
De entre las muchas lecturas que pueden hacerse, me parece que modificar al cuerpo durante la modernidad se vuelve un acto de autoafirmación. Se modifica para perfeccionar, pero se perfecciona para afirmar cierta potestad sobre lo que originalmente no se domina: destino, azar, naturaleza, genética —el nombre es lo de menos—. Desde hace tiempo, el humano intenta consolidar un proyecto ambicioso: controlar todo su entorno para que ninguna fuerza, aun la más recóndita, pueda reclamar dominio sobre él. La última validación, la más contundente, ocurre en su propio organismo. Pero, dado que muchas cosas siguen siendo ajenas a su voluntad, el cuerpo continuará operando como un recordatorio de aquello que no se pudo elegir, además de patentizar la fragilidad tan característica de la condición humana: la necesidad de descanso, el malestar que causan los padecimientos de salud, el debilitamiento progresivo a lo largo del tiempo. Es un deseo de control que se vuelve obsesión. Ante ese escenario, es simplemente irresistible intervenir al cuerpo, objetivo que, en su caso más extremo, apunta incluso a suprimirlo.
(A+B+D) Cuerpo desbordado: un cuerpo cuya mano estrangula a su propio cuello
Resulta curioso que el proceso de industrialización haya estado acompañado por un sometimiento del cuerpo a procedimientos de eficiencia y control. Difícilmente se trata de una coincidencia: al fin y al cabo, en cualquiera de las formas que se intervenga, el cuerpo es sujeto de economía. La instrumentación de la medicina moderna sólo ha sido una faceta más entre un conjunto de transformaciones económicas y políticas muy complejas.
Muchas de las herramientas industriales y máquinas modernas comparten el propósito de marcar una distancia entre el cuerpo y el trabajo, condición que nos da las claves para entenderlas como extensiones del cuerpo, pero también para conocer sus implicaciones económicas. En uno de sus escritos más influyentes, John Locke señala al trabajo como el fundamento de la propiedad, es decir, se trata de un acto que convierte en derecho privado lo que es propiedad común en el estado de naturaleza. La única propiedad intrínseca del humano, en todo caso, es el trabajo de su cuerpo, de modo que, al trabajar, el humano añade a las cosas algo que es inherentemente suyo. Pero la irrupción de las herramientas, y sobre todo de las máquinas, añade cierta complejidad a la idea de Locke. Una máquina que ahora hace el trabajo no elimina al cuerpo, más bien actúa como su extensión y, en ese sentido, lo desplaza de la fórmula tradicional.

El problema viene con el crecimiento indefinido de las extensiones del cuerpo, sobre todo rumbo al ascenso del capitalismo. El cuerpo del propietario se extiende en sus máquinas, a las que descarga, incluso, el fundamento de su propiedad. No deja de ser necesario el trabajo, aunque ahora lo hace una máquina operada por un trabajador, quien se vuelve a su vez, en palabras de Marx, un apéndice vivo de la máquina, opinión que compartieron algunos críticos de la industrialización, como William Morris o John Ruskin. Incluso podemos amplificar el argumento de forma un poco grosera: si el cuerpo del trabajador se funde con la máquina, entonces se vuelve también una extensión del cuerpo del propietario. Dicha situación evoca de alguna manera al esclavismo, sólo que ha quedado desteñido tras años de ideologías que garantizaban haberlo superado.
Pese a lo anterior, no parece que a este cuerpo extendido le interese realmente adueñarse de otros cuerpos, sino en la medida que los considera piezas necesarias para su funcionamiento y la garantía de su propiedad. De hecho, si tomamos en cuenta que la transformación de las máquinas industriales ha tendido hacia la automatización, podemos inferir que una parte de la evolución técnica apunta a hacer innecesario el trabajo humano. Bajo ese régimen, el cuerpo queda naturalmente como remanente. No sé si los ludistas entendieron este proceso con tanta claridad —la distancia de los años afina nuestras intuiciones—, pero, de algún modo, precavieron que su cuerpo era sólo un aditamento temporal que auspiciaba una transición tecnológica, cuya culminación más tarde terminaría por expulsarlos del circuito de producción: simplemente, desecharlos.
Marx, en cambio, veía con cierto optimismo el desarrollo de las máquinas, porque, según su postura, una vez liberadas de manos privadas, favorecerían a la reducción del tiempo de trabajo, condición necesaria para la libertad humana. Sin embargo, cayó en la misma trampa que cautivó a muchos herederos del proyecto ilustrado: la confianza excesiva en la técnica. Su postura intentaba reducir la desigualdad, aunque reproducía la dependencia de la tecnología, es decir, luchaba por reorganizar quién se beneficiaba de las extensiones del cuerpo o quién las poseía de forma legítima, pero desatendía los efectos, sobre todo negativos, de extender el cuerpo a dimensiones industriales. A Iván Illich le desconcertó esta situación y no dudó en ponerla en tela de juicio, así que abrió un frente que ni liberales ni marxistas clásicos prestaron mucha atención en su tiempo: en términos llanos, discutir sobre quién poseía a la máquina dejaba prácticamente intacta a la discusión sobre la máquina misma. En el siglo XX, mientras los descendientes de ambos bandos guerreaban entre ellos por demostrar quién tenía razón, nadie puso un freno al crecimiento de las máquinas (en parte porque ambos las necesitaban para contender a su oponente, pero, sobre todo, porque los dos eran en esencia modernos). Hoy nos preguntamos si era absolutamente necesario ir a la Luna, fuese en el Sputnik o en el Apollo 11.

Hay herramientas que han superado exponencialmente la escala humana y se han vuelto tan masivas que, en la actualidad, necesitan una organización igualmente descomunal para sostenerlas (sea un Estado o una empresa transnacional), como la industria petrolera, las telecomunicaciones o la distribución del agua. Para ponerlo en términos de este ensayo: hay extensiones corporales que terminaron por desbordarse. Al más puro estilo del terror corporal, el humano pierde agencia de sus extensiones. En el mejor de los casos, se vuelven prótesis benignas que, sin embargo, amenazan siempre con aplastar al propio individuo. En el peor escenario, se vuelven protuberancias alevosas. Cualquiera que sea el caso, parece que el desenlace es un cuerpo cuyas extensiones, además de estar dispersas por todos lados, están mediadas por actores e instituciones que persiguen sus propios intereses, sin el reparo más mínimo por el individuo que se ha vuelto dependiente de ellas.
(A+B+C+D) Cuerpo emancipado: el desenlace del cuerpo extendido
Durante la primera revolución industrial, en un ensayo célebre de 1836, Edgar Allan Poe se empeñó en desmentir el engaño detrás de El Turco, un jugador autómata de ajedrez que, en su deambular por varias ciudades, supuestamente había vencido a personalidades de la talla de Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte. Aunque con argumentos propios del siglo XIX, Poe infirió algunas notas audaces: entre ellas, que el desarrollo de una partida de ajedrez estaba sujeto a muchas posibilidades y contingencias, a las que ningún mecanismo con funciones predeterminadas podía reaccionar. El artefacto, efectivamente, era una patraña maquinada por un inventor húngaro, a quien sedujo la idea de una máquina capaz de vencer a los humanos en el ajedrez. Si bien es cierto que, dadas las limitaciones técnicas de su época, tuvo que recurrir a una artimaña soez —un humano se ocultaba dentro del mecanismo y era quien verdaderamente pensaba y efectuaba los movimientos de las piezas—, lo sorprendente es que, más de un siglo y medio después, Deep Blue lo volvería realidad, la computadora que venció a Gary Kasparov en 1997. El acontecimiento podría parecer trivial, pero guarda un peso simbólico revelador.

En un acto autocomplaciente, el humano moderno gusta de contemplarse a sí mismo. Su reflejo, sin embargo, no proviene de un lago, como sucede con Narciso, sino de las máquinas. A través de ellas, admira su historia, se vanagloria de lo que considera progreso y aspira a seguir avanzando. La pasión inocultable por lo maquínico no parece ser otra cosa que una veneración de la humanidad hacia su propia imagen —una imagen humana, sin embargo, alterada: eficiente, infatigable, con un sentido específico—. Pero, por paradójico que suene, el amor de Narciso se alimenta de una incomodidad muy grande respecto a su propia persona, cuando no de un odio rotundo. Lo mismo le sucede al humano. Su incomodidad se llama envejecimiento, enfermedad, cansancio: condiciones que remiten al cuerpo, y que lo maquínico, entendido como sustituto, complemento o prolongación, ayuda a paliar.
La manera como evolucionó la fantasía de una máquina que vence al humano en ajedrez resulta hoy muy explícita. No aparenta ser un ideal aislado ni una ambición muy distinta a la tendencia de automatizar todo tipo de herramientas. Una interpretación, en el caso de la industria, señalaría que la intención ha sido liberar al humano de ciertos trabajos, sobre todo los más peligrosos, desagradables o desmoralizantes; pero la aparente trivialidad de otros ejemplos como Deep Blue sugiere que quizás no sea lo único. Parece haber una fijación aún más profunda que apunta a suprimir al cuerpo o, más específicamente, extenderlo hasta el grado de desprenderse finalmente de él. La herramienta, que inicia como una extensión del cuerpo, llevada a un extremo, se libera: ya no lo prolonga, sino que prescinde de él. Es una mudanza colectiva hacia un cuerpo nuevo, un espacio que se siente seguro, controlado. En otros términos, es la condición humana emancipada de la carne. Vuelto máquina, el humano se recrea bajo sus propios términos.
Hoy, tras años de excesos, todo parece un poco más claro. Tanto a escala colectiva como individual, el cuerpo no es ni puede ser una máquina. Buena parte del pensamiento crítico actual se ha encargado de señalarlo desde flancos distintos. Durante la modernidad, el humano se ha resistido a entender su cuerpo como proceso o como historia, condición que inhabilita aceptar todo lo que considera una decadencia o limitación. Quiere instrumentar y extirpar esos procesos. No los acepta como partes inherentes de su vida. Sin trabajo que lo justifique o sin un proceso vital que lo explique, el cuerpo moderno queda como un residuo del que la humanidad siente siempre la tentación de emanciparse. Pero, acaso la solución no es escapar hacia otros cuerpos —un robot, un androide, una célula fabricada en un laboratorio—, es entender que, en su aparente y tan incómoda “imperfección”, radica su genuina condición, ésa que, paradójicamente, se niega y se vanagloria con cada logro técnico.
(Súper E) Cuerpo divino: posdata
Al buscar una mudanza hacia otro cuerpo, muchas facciones del pensamiento moderno han reproducido la estructura de las religiones abrahámicas, mayormente del cristianismo y del islam, pues, de entre los fundamentos principales de ambos dogmas, se encuentra la resurrección del cuerpo. Claro, en el caso religioso, se trata de una vuelta a la vida en otro plano y bajo otras condiciones donde no cunden las penurias del mundo que conocemos. Pero la fantasía moderna por controlar hasta el proceso más profundo del cuerpo humano, y por extensión, del entorno, no parece ser muy distinta de la conjetura religiosa. Si es un cambio de estado (en el caso moderno) o de dimensión (en el caso religioso), es lo de menos: el proyecto sigue siendo corporal. Ya sea que el cuerpo resucite, se transforme o se desplace, ambos planteamientos (moderno y abrahámico) comparten la idea de escapar de un lugar lleno de contingencias hacia un lugar seguro, donde todo azar quede dominado.
Sólo resta decir que, en la aventura de este tipo de indagaciones, a menudo florece la tentación de extender los argumentos —lo cual es particularmente irónico en este caso, dado el tema del ensayo—. Al reflexionar sobre una humanidad que se emancipa de su cuerpo, todo puede adquirir un tinte teológico que resuena con los mitos cosmogónicos de dioses desmembrados, como Tlaltecuhtli en Mesoamérica, Purusha en la tradición védica o Tiamat en Mesopotamia: divinidades de cuyo cuerpo emergen otras formas de vida. Las posibilidades son muchas y muy fecundas. Abusando un poco de la religiosidad implícita en el pensamiento moderno —da igual, de todos modos ya he arruinado mi reputación en otros ensayos—, me pregunto si nosotros mismos podríamos ser el fruto de un cuerpo extendido, desbordado y emancipado de otro ser: una entidad no por fuerza omnipotente, como a menudo delínea el paradigma religioso, sino simplemente un ser que se volcó hacia otros cuerpos en un intento por desprenderse del suyo (como hoy parece hacerlo el humano con la técnica y las máquinas modernas). Nunca lo sabremos con certeza. Lo que sí podemos afirmar, entretanto, es que la historia del cuerpo durante la modernidad ha sido la de un éxodo. Tal vez sea tiempo de regresar a casa.
- Encantador de serpientes. ↩︎
Notas sobre las imágenes: salvo la imagen de la portada, cuyo crédito autoral corresponde a Jakub Zerdzicki [@jakubzerdzicki], todo elemento gráfico es de dominio público.

