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Utopías de la redención cultural: Vasconcelos, Benjamín Carrión y la imaginación nacionalista en América Latina

Por: Juan Carlos Grijalva

Las ideas nacionalistas se sienten cómodas en la utopía, quizá por su carácter redentor, diligente y no pocas veces seductor. Pero en su esencia hay un riesgo contundente: la utopía es un reflejo de quien la piensa, de sus gentilezas, pero también sus vilezas. Así, la patria armoniosa que se prometió puede devenir, al cabo del tiempo, en un páramo siniestro para quien resulte ajeno, distante o forastero.

Por: Juan Carlos Grijalva 1

Este ensayo propone una reflexión comparativa sobre dos figuras centrales del pensamiento nacionalista latinoamericano del siglo XX y sus utopías de redención cultural: el mexicano José Vasconcelos Calderón (Oaxaca, 1882) y el ecuatoriano Manuel Benjamín Carrión (Loja, 1897). Ambos pueden ser leídos como redentores de la cultura nacional de sus países respectivos, en momentos y contextos históricos distintos, pero atravesados por una preocupación común: la amenaza de la fragmentación nacional y la necesidad de imaginar proyectos culturales estatales capaces de integrar, a través de la educación popular y las artes, sociedades marcadas por la desigualdad, la heterogeneidad y la herida colonial.

Imagen 1: José Vasconcelos y Benjamín Carrión.

Este ensayo se articula en dos movimientos. En primer lugar, ofrece un balance crítico de una investigación comparativa e interdisciplinaria previa desarrollada en torno a los nacionalismos culturales de Vasconcelos y Carrión, y sus filiaciones ideológicas, proyectos institucionales y tensiones internas. En segundo lugar, introduce una relectura de estos proyectos nacionalistas desde la noción de utopía cultural, entendida no como un programa realizable, sino como un horizonte imaginario que orienta la acción política, pedagógica y simbólica del intelectual y las instituciones culturales estatales que tienen a su cargo. Finalmente, sugiero la necesidad de seguir explorando este tema a la luz de los nuevos retos contemporáneos.

Intelectuales y nacionalismo espiritual

Hablar de Vasconcelos y Carrión como redentores de la cultura nacional de sus países respectivos supone situarlos dentro de una tradición intelectual hispanoamericana que entendió la cultura y el nacionalismo como una fórmula espiritual —según Pedro Henríquez Ureña— que “nacía de las particularidades de cada pueblo cuando se traducen en arte y pensamiento”. Si la nación, en la conocida definición de Ernest Renan de 1882, es definida como un “principio espiritual” fundado en la memoria compartida y la voluntad colectiva; estos intelectuales fueron, en su relación con el Estado, los encargados de custodiar ese principio; y se concibieron a sí mismos, como guías pedagógicos y profetas culturales.

Vasconcelos fue una figura central del México posrevolucionario. Rector de la Universidad Nacional en 1920, Secretario de Educación Pública en 1921, promotor del muralismo, mecenas cultural y prolífico ensayista, encarnó una concepción mesiánica del intelectual como arquitecto espiritual de la nación. Carrión, quince años menor, desempeñó un papel análogo en el Ecuador: embajador en México en 1933, fundador y presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1944, fue también promotor de la literatura y las artes, y un ensayista comprometido con la definición de una identidad nacional.

Ambos compartieron un conjunto de valores muy similares: el culto al genio creador, la herencia cultural española, el humanismo católico y la afirmación del mestizaje como una ideología de progreso racial y cultural. Vasconcelos fue para Carrión el “anunciador, el profeta, el poeta de las tierras cálidas”; Carrión, a su vez, fue visto por Vasconcelos como un “abanderado”, parte de una generación llamada a superar a sus precursores. La influencia del pensamiento y gestión cultural de Vasconcelos ejerció, en realidad, una influencia profunda y duradera sobre una vasta generación de intelectuales ecuatorianos, como José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador; Pío Jaramillo Alvarado, notable pensador-fundador del indigenismo en el país, o Fernando Chaves, promotor de la Liga de Cultura José Vasconcelos, grupo intelectual fundado en Otavalo, en 1924, en favor de lo que llamaron la “regeneración indígena”, entre otros.

Amenaza, derrota y mito nacional

Los proyectos nacionalistas de Vasconcelos y Carrión se gestaron en contextos atravesados por la amenaza y la desilusión. El miedo a la fragmentación nacional constituye la base afectiva de estos nacionalismos espirituales. Desde finales del siglo XIX, figuras como José Martí, José Enrique Rodó y Rubén Darío habían afirmado la existencia de una tradición cultural latina apoteósica, en reacción al ascenso del poder político, económico y militar de los Estados Unidos tras la guerra de 1898. Esta invención de una tradición latina funcionó como respuesta compensatoria frente a la humillación geopolítica.

En el Ecuador, esta lógica se reactiva tras el Protocolo Limítrofe de Río de Janeiro de 1942. Frente a un país territorialmente mutilado y simbólicamente herido por Perú, Carrión propone la creación de un mito patriótico que compensara en el plano cultural la derrota militar. Ese mito se denominó “nacionalismo espiritual” y encontró en Vasconcelos un modelo retrospectivo de integración nacional. Sin embargo, se trató de una lectura selectiva y anacrónica. El Vasconcelos que Carrión invoca en los años cuarenta es el educador y humanista de los años veinte, no el pensador desencantado y autoritario que, como estudia Christopher Domínguez Michael, ya por entonces defendía el estallido de una bomba de hidrógeno sobre México como una forma apocalíptica de purificación nacional.

El silencio y desfase temporal de Carrión sobre este Vasconcelos tardío revela así uno de los riesgos del discurso redentor: cuando el pueblo rechaza la salvación ofrecida por el intelectual, la utopía redentora puede convertirse en una forma de autoritarismo y pesadilla. El fracaso electoral de Vasconcelos en la elección presidencial de 1929 ilustra de manera dramática esta deriva.

Mestizaje, cosmopolitismo y fractura

Vasconcelos y Carrión formularon sus proyectos desde posiciones distintas. El nacionalismo de Vasconcelos aspiró a ser cosmopolita y continental. La Raza Cósmica, Indología y El Ulises Criollo se constituyeron como proyectos épicos orientados hacia una síntesis cultural universal. El mestizaje fue concebido como un meta-relato del progreso humano, una forma de redención histórica que jerarquizaba tradiciones culturales en función de su supuesto grado de civilización. Reconectarse con el pasado de México no implicaba rescatar lo indígena necesariamente, sino afirmar una larga y prestigiosa tradición grecolatina y europea. No es casual que Diego Rivera, comisionado por Vasconcelos, representara a Adán y Eva, en su mural de La Creación, como la primera pareja mestiza de la humanidad.

Imagen 2: Diego Rivera, La creación, 1922.

Michael Handelsman ha señalado que el mestizaje cultural defendido por Carrión, al igual que el de Vasconcelos, nunca logró separarse de su hispanofilia ni de una lógica asimilacionista de la alteridad indígena. Las fracturas de este discurso mestizofilio fueron dramatizadas también por el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín en Cabeza de hombre, obra comisionada por el propio Carrión. Allí, el mestizaje aparece como un rostro quebrado, fisurado, resistente a la síntesis armónica. Como apunta Carlos Jáuregui, “el sueño del mestizaje produce monstruos”: la nación mestiza deja de ser integración y se convierte en acumulación conflictiva de heterogeneidades.

Imagen 3: Cabeza de hombre de Oswaldo Guayasamín. Huacayñán, Tema mestizo, serie 13 “Cabezas”.

Patria íntima y nacionalismo en tono menor

A diferencia del universalismo vasconcelista, el nacionalismo espiritual de Carrión se repliega hacia la “patria en tono menor”. Inspirado en la Suave patria, de Ramón López Velarde, Carrión celebra una identidad nativista, bucólica y afectiva. La patria es provincia, aldea, río, piedra, flor; es el panadero de la esquina y la maestra del barrio. Y puede llamarse “mamá”.

Este imaginario construye una utopía social de cercanía, una reconciliación simbólica con la pequeñez nacional. Sin embargo, esa exaltación de lo íntimo y lo cursi funciona también como un principio populista que corre el riesgo de neutralizar el conflicto social y convertir la desigualdad estructural en consuelo afectivo.

Instituciones culturales y democratización conservadora

Uno de los legados más visibles de Vasconcelos y Carrión fue la creación de instituciones culturales estatales orientadas a la regeneración cultural y educativa del pueblo. La Secretaría de Educación Pública en México y la Casa de la Cultura Ecuatoriana marcaron un antes y un después en la democratización del acceso a la cultura. Vasconcelos impulsó una educación pública federalizada, planes nuevos de lectura ciudadana, edición de libros gratuitos y la construcción de una memoria nacional visual a través del muralismo. Carrión, por su parte, promovió la democratización del arte, hasta entonces restringida a élites privadas, y apoyó a artistas y escritores diversos.

Esta democratización cultural, no obstante, fue conservadora. Ambos concibieron al intelectual como un “aristócrata del espíritu”, heredero del arielismo de Rodó. El pueblo que se defendía era, en última instancia, un pueblo ilustrado llamado a ser dirigido. El humanismo liberal y eurocéntrico se tradujo políticamente en caudillismo cultural y mesianismo.

Las críticas no tardaron en aparecer. El grupo cultural tzántzico, en Ecuador, cuestionó el carácter extranjerizante y elitista de la Casa de la Cultura. Diego Rivera, a su vez, llegaría a representar a Vasconcelos como una figura distante del pueblo. En uno de sus murales en el edificio de la Secretaría de Educación Pública, el llamado “maestro americano” aparece sentado sobre un elefante blanco, con una pluma en una mano, dándole la espalda al espectador y a la Revolución. Rivera recupera el fragmento de un corrido popular que dice: “… quisiera ser un hombre sabio de muchas sabidurías, mas mejor prefiero tener algo que comer todos los días…”.

Imagen 4: Diego Rivera, Los sabios. Murales de la Secretaría de Educación Pública (1923-1928).

Aquí aparece también el héroe mítico del Ulises Criollo; el ministro de educación que basa sus planes y programas de lectura ciudadana en sus propios gustos y autores preferidos. Es el Vasconcelos que llega a Ecuador el 27 de junio de 1930, montado a caballo, siguiendo la ruta libertaria de Simón Bolívar, reclamando para sí un destino heroico. Se trata de proyectos populares y democratizantes estatales que se van desvaneciendo a la hora de defender a Grecia o Francia como modelos de la civilización y el progreso. La utopía cultural que prometía inclusión y redención no deja de reproducir las jerarquías y elitismos internos de una nación desigual.

Imagen 5: Acta de bienvenida a Vasconcelos.
Consejo Municipal de Tulcán, Ecuador, 27 de junio de 1930

Utopía cultural y redención

Leídos desde la noción de una utopía cultural, los proyectos culturales de Vasconcelos y Carrión aparecen como imaginarios de una redención nacional-popular futura, cuyo acceso tropieza con el reconocimiento real de las naciones verdaderamente existentes.

En Vasconcelos, la utopía adopta la forma de una teleología universalista: el mestizaje como destino histórico de la humanidad, una síntesis final que superaría el conflicto racial y cultural. Sin embargo, esta utopía es también profundamente jerárquica: sólo ciertas tradiciones culturales son dignas de ser absorbidas, mientras otras deben desaparecer o subordinarse. La utopía vasconcelista contiene así, desde su origen, una pulsión autoritaria que explica su deriva posterior hacia el mesianismo político.

En Carrión, en cambio, la utopía se repliega hacia lo íntimo y lo menor. No promete grandeza imperial ni destino universal, sino reconciliación afectiva con la pequeñez, una patria posible a escala humana. Sin embargo, esta utopía sentimental corre el riesgo de despolitizar el conflicto social, transformando la desigualdad estructural en consuelo simbólico, y un alivio compensatorio frente a la vergüenza de la pérdida territorial.

Ambas utopías comparten, finalmente, un límite fundamental: al concebir al intelectual como redentor, convierten al pueblo en objeto de salvación más que en sujeto histórico. La utopía cultural se vuelve así un dispositivo de poder, capaz de movilizar imaginarios colectivos, pero también de silenciar disensos y alternativas. La utopía cultural moviliza afectos, crea instituciones y produce sentido, pero también puede justificar formas de poder autoritarias. Su ambivalencia y sentido democrático limitado constituyen, precisamente, su legado más problemático.

Conclusión

El pueblo que realmente se defendió, entonces, fue un pueblo de élite, heredero de una concepción decimonónica del poder: pueblo somos todos, pero el pueblo ilustrado es el que estaba llamado a gobernar y dirigir. A pesar de su gestión democratizadora, los proyectos nacionalistas de Vasconcelos y Carrión promovieron una herencia cultural eurocéntrica e hispanizante; y su credo humanista y liberal en el individuo creador se tradujo políticamente en caudillismo y mesianismo.

Repensar a Vasconcelos y Carrión hoy en día implica reconocer tanto la potencia como los peligros de la utopía cultural. Sus proyectos revelan el deseo persistente de imaginar comunidades integradas frente a la amenaza de la fragmentación, pero también muestran cómo la redención simbólica puede derivar en la exclusión de los mismos grupos subordinados y pobres en su gestión histórica y social en Latinoamérica. Hoy, en un contexto internacional marcado por el resurgimiento de los nacionalismos excluyentes, la defensa del racismo y los miedos y ansiedades hacia las heterogeneidades inmigrantes, la necesidad de repensar formas de integración cultural más inclusivas, verdaderamente populares, no-elitistas y críticas a los caudillismos y mesianismos, resulta más urgente que nunca.

Repensar el legado intelectual de Vasconcelos y Carrión nos obliga a discutir las correspondencias y complicidades entre nacionalismo, elitismo y caudillismo cultural hoy en día. El tema importa, y mucho, sobre todo si se considera que la integración y democratización de nuestras sociedades pluriétnicas —con diversas nacionalidades internas, tradiciones lingüísticas y, todavía, con enormes desigualdades económicas, sexuales y de género— sigue siendo un desafío mayor.

Bibliografía

  • Carrión, Benjamín. Cartas al Ecuador. Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano XXXVII. Quito: Corporación Editora Nacional/ Banco Central del Ecuador, 1988.
  • ___. La patria en tono menor. Ensayos escogidos. Gustavo Salazar, ed. México: Fondo de Cultura Económica / Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2001.
  • Domínguez Michael, Christopher. “José Vasconcelos, padre de los bastardos” en Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V. México: Ediciones Era, 1997.
  • Guayasamín, Oswaldo. Huaycañan El camino del llanto / The Way of Tears. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1953.
  • Grijalva, Juan Carlos and Handelsman, Michael, ed. De Atahuallpa a Cuauhtémoc. Los nacionalismos culturales de Benjamín Carrión y José Vasconcelos. Quito: Museo de la Ciudad, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, Universidad de Pittsburgh, 2014.
  • Handelsman, Michael. “Visiones del mestizaje en Indología de José Vasconcelos y Atahuallpa de Benjamín Carrión” en De Atahuallpa a Cuauhtémoc. Los nacionalismos culturales de Benjamín Carrión y José Vasconcelos. Quito: Museo de la Ciudad, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, Universidad de Pittsburgh, 2014.
  • Henríquez Ureña, Pedro. Utopía de América”, 1925. Edición digital: https://ensayistas.org/antologia/XXA/h-urena/
  • Jáuregui, Carlos A. “Oswaldo Guayasamín, Benjamín Carrión y los monstruos de la razón mestiza (A propósito de los 60 años de Huaycañan, 1952-1953” en De Atahuallpa a Cuauhtémoc. Los nacionalismos culturales de Benjamín Carrión y José Vasconcelos. Quito: Museo de la Ciudad, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, Universidad de Pittsburgh, 2014.
  • Renan, Ernest. “¿Qué es una nación?” 1882. Nación y nacionalismo, trad. Andrés de Blas Guerrero, Alianza, 2007, pp. 45–67.
  • Vasconcelos, José. Obras Completas. Colección Laurel. Tomos I a IV. México: Libreros Mexicanos Unidos S.A., 1961.  

  1. Assumption University. ↩︎

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