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Reflexiones sobre la imaginación y la creatividad desde la música y la psicodelia

Esteban Rodríguez Ocampo

Más que ser un ámbito de rebeldía, la cultura de la psicodelia abrió un espacio fecundo para reinventar las formas de vivir la cultura hispanoamericana. Particularmente la música psicodélica peruana, en su intersección con las expresiones tradicionales, activó horizontes que terminaron por consolidar una identidad y, no menos importante, permitieron a muchas personas definirse a sí mismas.

Por: Esteban Rodríguez Ocampo 1

I.

La música era una de las musas griegas cuya razón y sentido era llenar de inspiración a los hombres, susurrarles ideas. Así, la música podría ser, en cierto sentido, una de las “sustancias” que los hombres han utilizado para expandir la mente y la percepción. Históricamente, se ha mostrado que la música (en sus procesos creativos, interpretativos, comunicacionales, estéticos, etcétera) es un vehículo para la manifestación y materialización de las ideas, sensaciones y pensamientos más inefables que podemos concebir los humanos: entre visiones utópicas, mundos sonoros fantásticos y, también, ciertas (des)ilusiones. A continuación, quiero hacer algunas reflexiones alrededor de esta relación amplia y compleja entre música e imaginación. Como alguien inclinado a músicas como el rock, en mi calidad de fan y crítico, y dada mi investigación personal de la hoy denominada por algunos “era contracultural” o “psicodélica”, ubicada en las décadas de los 60 y 70 del siglo XX, articulo esta reflexión alrededor de este período de la historia de la música popular.

Todos tenemos una idea o referencia de aquélla que fue la época contracultural de las décadas de los 60 y 70 del siglo XX. Ésta se ha consolidado en expresiones que han permeado el imaginario popular global, como el hippismo o la cultura psicodélica, con sus prácticas, iconografías y, por supuesto, sonoridades. Hoy en día, todos estos elementos se han expandido y adaptado globalmente, formando parte de la cultura popular actual. Tenemos un imaginario donde la psicodelia es normalmente entendida como el consumo de ciertas sustancias denominadas “alucinógenas” y con el “viaje” que producían o con los objetivos de trascendencia que se buscaban con ellas. Sin embargo, hay por otra parte un aspecto fascinante que gira mayormente en torno al arte y la música popular. En ese momento histórico, la psicodelia fue además una estética que trascendió sus dimensiones sociales y políticas, estableciendo un marco de ideas y valores novedosos en la música que, como las musas griegas, susurraba pensamientos a los músicos jóvenes, invitándolos a cuestionar todas las reglas de producción de la música popular de masas. Así, artistas y músicos ponían en contacto sus procesos creativos con este “espíritu” del momento fundamentado en los valores de la contracultura y la psicodelia.

Aquí hay una primera relación que quisiera apuntar. Hacia mediados de los 60, en el ámbito de la música popular transnacional de masas, las músicas como el rock empezaban a desafiar su propia concepción y, en consecuencia, sus procesos creativos. Esta música popular juvenil se preguntaba por qué debía ser solamente un producto de consumo destinado a la diversión (como, hasta ese momento, efectivamente lo era) y no ser considerada también como un “viaje” sonoro o un vehículo para la imaginación más atrevida y desenfrenada. Esta era psicodélica invitaba, además, a una nueva forma de escucha, una en que la música ya no servía necesariamente al baile, sino que se convertía en una experiencia individual, autónoma y contemplativa. Los estilos psicodélicos y progresivos invitaban a encerrarse, escuchar e imaginar todo lo que la música inspirara: nuevamente, la música como musa.

Mientras la cultura y la estética psicodélicas de la época remodelaban a las audiencias de la música popular de masas; desde el lado de la creación, tenían a músicos y artistas tratando de crear durante la experiencia con sustancias —es decir, llevar un proceso creativo durante la experiencia— o, bien, tratando de representar o replicar lo que sería esta experiencia, este “viaje”. En cualquier caso, lo que importa apuntar son las maneras novedosas en que la psicodelia tomó forma desde el sonido y la música. La experiencia psicodélica condujo a procesos creativos completamente experimentales para la época. Dichos procesos propusieron representar musicalmente la deformación y estancamiento del tiempo con largos pasajes improvisatorios sobre bucles rítmicos en músicas como el rock, el funk o el soul psicodélico. Una nueva “paleta de colores” amplificada permitió imaginar los paisajes de ruidismo y las deformaciones en el timbre de instrumentos convencionales. Tal es el caso de la guitarra eléctrica del rock and roll que, “limpia” al principio, amplió sus posibilidades creativas por medio de efectos sonoros, generando timbres y sonidos que hasta hoy siguen vigentes.

Por otro lado, la imaginación desde la psicodelia también dio cabida a mundos utópicos y abstractos que se presentaban mediante los sonidos ambientales electrónicos, mezclados muchas veces con texturas sinfónicas o con pasados imaginados mediante la experimentación libre con instrumentos tradicionales y folclóricos. Además, recordemos que —gran coincidencia—, en esta época se consolidaron varios desarrollos tecnológicos relacionados con la música: estudios de grabación, sintetizadores, técnicas nuevas, instrumentos y sonidos. Pienso en cuán estimulante debió ser para la imaginación de artistas y músicos el estar frente a posibilidades y paradigmas nuevos, hoy totalmente normalizados para músicos y públicos, pero vanguardistas en ese momento. Me pongo a pensar cuál habría sido el camino de la música popular si no se hubiera subido al tren del desarrollo tecnológico. En otras palabras, algunas veces creo que olvidamos cuánto impacto tuvo la apertura y predisposición de tomar caminos creativos nuevos entre los jóvenes músicos de esa época. En esta denominada “era psicodélica”, se logró una síntesis entre tecnología y arte, cuyos procesos creativos derivados fueron la base de músicas como el rock, el hip hop o la electrónica, y que resultan fundamentales dentro de la producción musical contemporánea.

Podríamos decir, en síntesis, que esta era psicodélica planteó el contexto para que la imaginación, estimulada directa o indirectamente por sustancias, filosofías y tecnologías, permitiera la creación de fantasías musicales grandes. Aunque tal vez no fue la primera vez en la historia, podría ser el momento en que la imaginación tuvo menos límites. Entre medios nuevos para hacer música y la libertad de no restringirse a parámetros convencionales, la música popular produjo varias corrientes musicales que hoy se consideran cúspides de la creación, la sofisticación y la ambición musical. El impacto, creo yo, es tan grande que hoy discutimos si no deberíamos regresar a esa época (estética y creativamente hablando), porque la vemos con nostalgia creativa, como un momento que, en el libre imaginar y experimentar, era lo esperado y se disfrutaba porque nos movía, nos “viajaba” y nos inspiraba. De otra parte, más allá de la nostalgia, tal vez aquello que muchos buscamos cuando nos referirnos a este momento es realmente discutir sobre la supuesta falta de imaginación e inspiración de la música popular contemporánea.

II.

Para continuar, quisiera ilustrar un poco lo dicho hasta este punto. En lugar de tomar ejemplos del mundo anglosajón —conocidos, creo, por la gran mayoría— quisiera tomar casos surgidos en Latinoamérica, particularmente en mi país: el Perú. Para empezar, tenemos al grupo “El Polen” que, fiel a la estética psicodélica, imaginó a principios de los 70 una síntesis entre folclor peruano-andino y sonidos de rock que se manifestó de forma variopinta: interpretación de temas tradicionales, collages sonoros, yuxtaposiciones tímbricas, etcétera. Incluso, a nivel visual, vemos en sus portadas cómo la psicodelia moldeó la imaginación de un mundo andino psicodélico por parte de sus miembros, jóvenes rockeros contraculturales, en un contexto nacional.

Imagen 1: Grupo de fusión rock-andino El Polen
Imagen 2: Portada del segundo disco de El Polen, Fuera de la ciudad, 1973.

Por otro lado, durante la era de la contracultura en el Perú, la cultura hippie y la psicodelia se vivían principalmente mediante la emulación de prácticas extranjeras, mismas que terminaron elitizándose entre las clases altas y desvinculándose de los grupos sociales más populares y numerosos del país. Eso no significó, sin embargo, que algunos valores como la experimentación o la apertura creativa de la estética psicodélica no permearan en la música popular nacional. Mientras la contracultura se vivía “importada” del extranjero en ciertas clases sociales a través del rock, paralelamente surgía una nueva ola de grupos y músicos en los sectores más populares que darían forma a una música que terminaría llamándose “cumbia peruana” y que, en sus primeros momentos, fue conocida como “chicha psicodélica”. ¿Qué tenía de “psicodélica” esta chicha? Ciertamente, sonoridades típicas del rock psicodélico, pero entrelazadas con elementos musicales locales y tropicales, producto de la interacción entre músicos venidos del rock con el mundo de las músicas caribeñas y tradicionales peruanas. Alineados con el espíritu de la época, estos músicos se avocarían en conjunto a la experimentación libre con estos géneros múltiples, y a imaginar, desde la música, formas de expresar una identidad y estética local nacientes. El “viaje” psicodélico a lo cumbiero o chichero quedaría plasmado en varios elementos: las guitarras eléctricas virtuosas que adquirían timbres novedosos por el uso de pedales de efectos, los “colchones” rítmicos (que no venían del rock anglosajón, sino del mundo caribeño), las secciones instrumentales amplias y las melodías de guitarra y voz que evocaban e interpretaban la música peruana, principalmente andina.

A juicio personal, creo que, en ese momento, el imaginario nacional popular no llegó a dimensionar lo que la creatividad e imaginación de estos músicos cumbieros y chicheros serían capaces de hacer. Este fenómeno de la cumbia o chicha psicodélica resulta, a mi parecer, un caso en que se observa cómo en un contexto local y periférico —como lo es el Perú— se produjo una asimilación de la cultura y la estética, tanto contracultural como psicodélica, dando origen a corrientes musicales que, al menos en este caso, cumplieron el rol estético-social que el rock no llegaría a consolidar del todo en el país. De igual modo, desde un lugar como el Perú (quizás a diferencia de las búsquedas desde la psicodelia en otras partes del mundo que imaginaban mundos atemporales, paisajes sonoros abstractos, épicos y fantasiosos), algunas músicas como la cumbia o la chicha psicodélica no sólo homenajearon a las culturas originarias y a todo su misticismo asociado, sino que buscaron, de forma consciente o no, lo que se llamaría una “utopía alternativa”. Ésta no era necesariamente universalista o idealista, como aquélla que fue fruto del rock psicodélico más puro. En cambio, tenía una base más material: construirle un sentido de pertenencia al país desde una música experimental que juntaba lo extranjero con lo local y lo moderno con lo tradicional.

Imagen 3: Portada del disco Los Destellos Psicodélicos, de Los Destellos, una de las bandas más representativas del movimiento de la cumbia peruana.
Imagen 4: Grupos e iconografías pertenecientes a la “versión chicha” de la psicodelia.

III.

Hasta esta parte he querido plantear y reflexionar sobre las circunstancias históricas y los preceptos estéticos de la era psicodélica y contracultural en la música popular. Con tal propósito, me he valido de ejemplos peruanos para mostrar cómo este fenómeno trascendió las fronteras anglosajonas. Los valores culturales y estéticos de los 60 y 70 fueron el fundamento filosófico que terminaría revolucionando los procesos creativos en la música. El espíritu juvenil rebelde, abierto y ávido de experimentación, se logró compenetrar con el avance tecnológico y la idea de futuro, permitiendo el desarrollo de nuevas corrientes musicales “hijas de su tiempo” que hoy se consideran fundacionales para la música popular.

Para terminar, quiero llevar toda esta reflexión hacia el momento presente y preguntar, a la luz de lo que fue una época como la contracultura: ¿cómo se está dando hoy la relación entre la imaginación y la música popular? Creo que, en cierta medida, estamos al tanto de los debates y discusiones innumerables sobre el estancamiento supuesto de la creatividad y la imaginación en la música: que ya no se atreve a romper esquemas y que, más bien, se ha rendido y se ha vuelto dependiente del algoritmo, la herramienta tecnológica y el mercado. Frente a ello, no son pocas las voces que colocan a la contracultura como ejemplo de lo que debería volver a ser el acto de crear, producir y consumir música. No por nada se ha denominado a aquella era como “dorada”, aludiendo a un momento de libertad, hoy perdida.

Desde mi postura, como músico e investigador, confieso tener sentimientos encontrados con esta situación. Concuerdo con que actualmente experimentamos una banalización de la música y la creatividad musical, hoy potenciadas por la producción masiva de música hecha con inteligencia artificial, y por su condición de ser, en muchos casos, sólo parte del “contenido” que inunda las plataformas. Al mismo tiempo, sin embargo, estas mismas plataformas y tecnologías hacen posible, como nunca antes, descubrir música nueva y, lo más importante, ofrecen caminos nuevos para la imaginación y la creación musical. No sé si se trata de un círculo vicioso o virtuoso, o de un estancamiento o una oportunidad. Pienso que, sea cual sea el caso, no nos vendría mal un poco de “psicodelia contemporánea”, no en forma de sustancias, imágenes, símbolos o estilos del pasado, sino en su forma de vehículo para la imaginación y la creatividad: una puerta hacia otras formas de percepción de la realidad presente y una actitud abierta frente a las herramientas y tecnologías nuevas, propias de esta era digital. Y sería esta forma de psicodelia el mayor legado que nos haya dejado esa época contracultural surgida hace más de medio siglo.


  1. Músico, musicólogo y docente. ↩︎

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