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Los tiempos inciertos exigen utopías audaces: llenando el vacío de certezas con lo que tenemos del infinito

Fagner Dantas

Como crítica, sátira u oposición, las utopías brotan especialmente en tiempos complejos. Imaginar es el principio de habitar. Pese a su carácter fantástico, estos relatos revelan que la potencia del pensamiento puede transportarnos hacia páramos fértiles: aquéllos que se intersectan entre la imaginación, la posibilidad y el futuro.

Por: Fagner Dantas 1

1. Introducción

Necesitamos respirar un aire que no huela a fin del futuro.

De vez en cuando, voces que se presentan bajo diferentes nombres —realistas, pragmáticas, racionales— advierten sobre la necesidad de reconocer que vivimos en un mundo postutópico. Por un lado, los avances en los intentos de parametrizar lo humano, reduciéndolo a un resultado algorítmico, refuerzan la afirmación de que sólo es cuestión de tiempo antes de que las inteligencias artificiales domésticas puedan anticipar nuestros deseos, satisfaciéndolos incluso antes de que podamos desearlos. Por otro lado, el Antropoceno presenta su factura al futuro de forma cada vez más contundente: cambio climático de dimensiones globales y epidemias de proporciones apocalípticas. Ya sea que el mañana que nos espera sea dominado por el orden de las máquinas o reclamado por el caos de la naturaleza, estas voces, desde la cima de su autoridad, proclaman que el lugar de la utopía está en el basurero de la historia.

En las páginas que siguen, no nos embarcaremos en la tarea ingrata de ignorar las circunstancias graves que se desarrollan en los albores de este segundo cuarto del siglo XXI. En un momento dado, mientras escribía este texto, una pantalla silenciosa mostró bombardeos intensos que parecían transmitir la triste realidad cotidiana de Kiev, Alepo o Gaza, pero cuyo mensaje decía: Caracas, Venezuela. En mi celular, una notificación decía que el presidente de una nación soberana había secuestrado al presidente de otra nación soberana, y que, a partir de ese momento, el presidente secuestrador gobernaría un país a miles de kilómetros de distancia, controlando sus reservas de petróleo y otros minerales. ¿Acaso las voces que advertían sobre el fin de la utopía también previeron el surgimiento de tal distopía?

Si bien éste puede parecer un episodio inusual para ser considerado como un hito histórico, las tragedias estructurales no dejan lugar a dudas sobre la resistencia de nuestro momento actual a cualquier atisbo de esperanza. En noviembre de 2025, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, conocida como COP 30, se celebró en Manaos, en el corazón de la Amazonia brasileña. Los resultados magros (sin una estrategia de acción global definida —roadmap—, sin nuevas fuentes para ampliar la financiación ambiental y sin ningún avance en los objetivos de reducción del uso de combustibles fósiles) parecen enviar un mensaje claro al mundo: no hay adultos en la sala.

Dados estos indicadores —tanto estructurales como coyunturales— de que nos encontramos en un entorno absolutamente inhóspito para cualquier idea del futuro o para cualquier atisbo de mejora efectiva en la condición humana global, ¿con qué audacia nos presentamos aquí para contrarrestar estas voces elocuentes? ¿Para exponer una visión contraria a la de este melancólico consenso? Porque ésta —no lo ocultamos— es nuestra difícil pero auspiciosa tarea en las siguientes páginas. Porque aquí se hace evidente la divergencia necesaria de perspectiva. Los obstáculos de la brutalidad desnuda y desenfrenada del Poder no socavan la utopía: la hacen aun más urgente. El impulso suicida de abandonar la emergencia climática no la hace imposible. La hace aun más irresistible. La negación del futuro no decreta el fin de la utopía; decretaría el fin del hombre. Porque el hombre es un animal del mañana. Nunca será rehén de su destino, ni una mera tecla de piano. No es la utopía la que necesita al hombre para existir. Es el hombre quien necesita a la utopía para vivir. Ésta es la verdad clarísima que inunda el espíritu humano y que se analizará aquí.

2. Utopía: ayer, hoy, siempre

En 1515, un enviado inglés de 37 años servía en los Países Bajos. Unos años antes, en 1511, Erasmo, un amigo íntimo suyo que vivía en la misma región, en la ciudad de Róterdam, había publicado un libro muy humorístico que criticaba los valores y costumbres de su época. Motivado por las cartas intercambiadas con Erasmo, que animaron a su amigo inglés a escribir también, y ciertamente inspirado por la lectura de La República de Platón, donde el maestro griego idealizaba una sociedad perfecta, el funcionario de la Corona británica, también resentido por la hipocresía y el cinismo de su propia sociedad, decidió escribir una obra satírica, cuestionando, a través de la ficción, las fallas morales que había presenciado.

Luego creó una isla, visitada por un marinero portugués llamado Rafael. Al regresar a tierra firme, relató asombrado lo que había visto en la isla. No había propiedad privada, se podía practicar cualquier religión, hombres y mujeres cumplían las mismas funciones, y las leyes eran tan simples que cualquiera podía aplicarlas, pues no existían abogados. Describió una sociedad tan diferente a la suya que parecía imposible que existiera en lugar alguno. No es de extrañar que la isla se llamara “Utopía”, nombre creado por el autor a partir de dos términos griegos: u (no) + topos (lugar). Es decir, “no-lugar”.

De regreso a Inglaterra, entusiasmado con la historia que había inventado, el funcionario inglés escribió una segunda parte de la obra (que se convirtió en la primera), en que contrasta todos los beneficios de la isla de Utopía con las prácticas perniciosas de su patria, como la codicia, las persecuciones religiosas y las sentencias contrarias al espíritu de las leyes. Tras finalizar la obra en 1516, envió el texto a su amigo Erasmo, quien, al leerlo, no dudó en publicarlo ese mismo año. Al recibir la publicación en Inglaterra, el autor decidió realizar algunas revisiones. Esta edición revisada se publicó en Basilea, en 1518. Sin embargo, en su patria, el autor no llegó a ver la obra publicada, pues falleció en 1535, y la obra, que contenía varias críticas a la sociedad inglesa de la época, no se publicó sino hasta 1551, convirtiéndose en un clásico de la literatura.

El título completo de la obra fue Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo rei publicae statu deque nova insula Utopia (en latín, significa “Un librito verdaderamente dorado, tan beneficioso como divertido, sobre el mejor estado de una república y la nueva isla de Utopía”). Pese a ello, pasó a la historia simplemente como Utopía. El funcionario inglés se llamaba Thomas y su peculiar apellido, Morus —que recuerda a moria (locura, en griego)—, ya había inspirado a su amigo Erasmo a titular su obra de 1511: Elogio de la locura.

Si bien a Tomás Moro se le atribuye la creación del neologismo utopía, la idea que se consolidó a través de su libro —el contraste entre una sociedad ideal que, por su propia naturaleza, no puede existir en ningún lugar, y una sociedad que existe, pero dista mucho de ser ideal— se ha extendido, trascendiendo los límites de la ciencia política y la literatura para adentrarse definitivamente en el campo de la filosofía. Pero en esta transición, más que la polarización entre la sociedad ideal y la real, un aspecto menos destacado de la obra original adquirió relevancia especial: el potencial de la sociedad ideal para inspirar a la sociedad real. La utopía se convirtió cada vez menos en una isla que nunca existiría y más en un horizonte que siempre estaría allí. No un lugar al que llegar, sino un ideal que perseguir.

Sin embargo, esta interpretación positiva del término utopía no obtuvo una aceptación unánime. Auguste Comte afirmó que la utopía tenía efectivamente la tarea de mejorar las instituciones políticas y desarrollar ideas científicas. A su vez, Karl Mannheim argumentó que, entre la utopía y la ideología, era la primera la que estaba destinada a realizarse, no la segunda. Por otro lado, Marx y Engels establecieron una división entre el socialismo utópico ingenuo y el socialismo científico efectivo. Herbert Marcuse, por su parte, afirmó que cualquier intento de idealizar el futuro era inútil. Todas estas opiniones demuestran el camino difícil que la utopía tendría que recorrer para ganar su legitimación como concepto filosófico.

Más recientemente, la mayor expresión de este sentimiento de “resaca utópica” se habría expresado en el muy debatido y controvertido concepto del “fin de la historia”, acuñado por Francis Fukuyama en un artículo de 1989 y consolidado en su libro de 1992, tras el colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista europeo. La historia tardó menos de diez años en decretar, en 2001, el fin de Fukuyama cuando dos aviones llenos de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. Insatisfecha, cuando la crisis geopolítica parecía superada, la crisis económica global de 2008 demostró que sólo hay una certeza en el mundo: no hay certezas en el mundo. Desde el ascenso de China hasta la pandemia de covid-19, y desde los fenómenos meteorológicos extremos hasta el futuro impredecible de la Inteligencia Artificial, no hay terreno firme donde apoyarse. Ante esto, el único camino restante es el propuesto por Lewis Mumford en su Story of Utopia, de 1922, uno de los estudios clásicos sobre el concepto: “nuestra tarea más importante en este momento es construir castillos en el aire”. Éste es el papel de la utopía en la aridez del desierto de lo real.

3. En el desierto de la realidad: la utopía como oasis, espejismo y horizonte

Los tiempos áridos abundan en esperanza. El agotamiento del horizonte de expectativas en elcamino humano tiene consecuencias graves para nuestra capacidad real de gestionar las fuerzas que se necesitan con el objetivo de construir una sociedad planetaria menos autodestructiva. En este sentido, para construir un diálogo entre el escenario poco receptivo a la utopía que se presenta a principios del siglo XXI —como vimos en el punto anterior— y nuestra última palabra, que buscará exaltar y revitalizar este concepto importante, precisamente en la travesía por tiempos oscuros —que se presentará en el siguiente punto—, consideramos necesario reflexionar un poco más sobre los significados diferentes de la utopía y sus repercusiones, tanto en el imaginario colectivo como en la realidad concreta. Para ello, utilizaremos tres signos presentes en el desierto: el oasis, el espejismo y el horizonte.

La utopía como oasis conserva su aura de idealización. Después de todo, encontrar un oasis en el desierto no puede considerarse trivial. Si nos imagináramos como beduinos, vagando por la inmensidad cáustica, ¿cuántos no soñarían con encontrar una fuente de agua limpia, la sombra de las palmeras y el canto de los pájaros? Si bien este escenario idílico tiene mucho del mundo ideal de la utopía, hay algo fundamental que lo distancia de la idea de utopía que defendemos aquí.

El término oasis tiene un recorrido etimológico largo: llega hasta nosotros a través del latín, pero ha pasado primero por el griego y se ha originado del término copto egipcio ouahe, que significa morada. Por lo tanto, en última instancia, un oasis es un punto fijo, un lugar determinado que ofrece consuelo y sustento, pero que, a cambio, exige inmovilidad y resignación. Abandonar la dureza del camino en favor del encanto de la escala se parece demasiado al canto de sirena que enfrentaron Ulises y sus compañeros, como relata magistralmente Homero en el Libro XII de su Odisea. Y el final puede ser igualmente dañino para las aspiraciones humanas. La inmovilidad es incompatible con el espíritu humano. El oasis es, por tanto, una utopía falsa, aunque embriagadora.

La utopía como espejismo, aunque igualmente idealista, posee un elemento fundamental ausente en la utopía como oasis. Ya sea por la fatiga, el calor, el hambre o la sed que embarga a quienes se aventuran en el desierto, el espejismo que se forma y engaña al viajero es siempre producto de su mente, mientras que el oasis es, en principio, una contingencia de la naturaleza. Esto nunca puede ser característico de la utopía. La utopía es siempre, con sus defectos y cualidades, una creación humana y, por tanto, falible. Tanto es así que, desde la perspectiva actual, la utopía más clásica, la de Tomás Moro, se vería con reservas: después de todo, cada familia de la isla podía tener dos esclavos. ¿Cuán lejos está esto de nuestra concepción actual de una sociedad ideal?

La idea de interpretar la utopía como un espejismo, sin embargo, no hace más que reforzar el mantra de sus primeros críticos. Al fin y al cabo, a diferencia de la utopía-oasis (que, si bien anula el impulso del movimiento, ofrece una recompensa prometida), la utopía-espejismo induce al movimiento, aunque ofrece lo que no puede dar. Al hacerse pasar por posible, conmueve al hombre, pero sólo para agotarlo aún más. Al insinuarse como alcanzable, provoca movimiento, pero meramente cinético. Al presentarse como producto del esfuerzo, genera energía, pero sólo para disiparla después. De este modo, el espejismo es una utopía ilusoria, aunque movilizadora.

En consecuencia por todo lo anterior, la utopía permanece como nuestro horizonte. Aquí tenemos una señal que galvaniza las singularidades múltiples de una noción de utopía para el desierto de la realidad en que vivimos. Si la idealización del futuro que deseamos es considerada como un conjunto mínimo de singularidades, como una movilización de las potencialidades humanas y como la condición de ser el producto de nuestra imaginación, el horizonte-utopía surge como respuesta al vacío de certezas de nuestro tiempo. Esta condición marca una diferencia fundamental con respecto a las dos utopías anteriores. El horizonte se reconoce como inalcanzable, de la misma forma que descubrió la tripulación comandada por Américo Vespucio (entre quienes se encontraban, no en cuerpo, pero en la fantasía, Tomás Moro y Rafael Hythloday), que zarpó hacia el fin del mundo y que no se precipitó en el vacío infinito. En esta condición, aquel progreso humano que instiga permanece en movimiento perpetuo, siempre en busca de un nuevo tiempo, un nuevo hombre, un nuevo mundo. Ésta es la utopía que nos guiará a través de lo desconocido e inhóspito. No es el tipo de oasis que inmoviliza ni el espejismo que engaña, sino el tipo de horizonte que inspira al hombre a ir cada vez más lejos dentro de sí mismo, a encontrarse más allá del yo.

4. Del fin de la utopía a la utopía metapragmática: caminos al mañana

Lamartine, poeta y político francés del siglo XIX, afirmó que “las utopías son verdades prematuras”. De hecho, aunque no seamos tan hipócritas como para reivindicar una victoria indiscutible en estos campos de lucha, la tolerancia religiosa y la igualdad de género se encuentran hoy, 2026, en una condición infinitamente superior a la de hace 510 años, cuando Raphael Hythloday las describió como dos de las anomalías más impactantes, consideradas comunes en la isla de Utopía. Podemos decir que Moro, al criticar a contrario sensu la sociedad teocrática y misógina de su tiempo, anticipó varios siglos lo que se haría realidad en el futuro. Y lo hizo sin definir necesariamente el know-how —el “saber hacer”—, concentrándose únicamente en el know-why —el “saber por qué”—. Por eso, en este último tema antes de la conclusión, que buscará destacar el concepto de utopía-horizonte como movilizador de la imaginación humana, queremos añadir otra definición crucial para escapar de las trampas del escepticismo antiutópico: la idea de utopía metapragmática.

La propuesta de una utopía metapragmática surgió en otra reflexión nuestra sobre las exigencias constantes de los “realistas” respecto a las etapas, procedimientos, indicadores y objetivos para la realización concreta de una utopía supuesta. En aquel momento, dijimos:

Frente a tantas apelaciones a un pragmatismo instrumental sin el cual no parece haber posibilidad de reivindicar un acceso legítimo a un espacio de diálogo, nos oponemos firmemente a cualquier intento de reducir la reflexión crítica a un plan detallado de inversiones que compare cuantitativamente costes y beneficios, o a un GPS práctico-táctico retórico que señale el camino más corto para llegar del inexistente punto A al imaginario punto B (Dantas, 2016).

Para estos heraldos del sentido común y la razón, la ausencia de un “plan de inversión” o un “GPS práctico-táctico” veda de inmediato cualquier idea inconformista, precisamente porque, debido a su incontinencia ante los límites impuestos por la realidad dada, no le permite fructificar en nuevas y mejores respuestas a problemas actualmente irresolubles. A quienes piden con cautela que la utopía retroceda hacia un pragmatismo mínimamente operativo (hacia un “contenido utópico mínimo”, como lo expresó Judith Shklar), propusimos, en su momento, y reafirmamos ahora, exactamente lo contrario: que la utopía dé dos pasos adelante y abrace su quintaesencia, optando por avanzar hacia el metapragmatismo.

Frente a los críticos que acusan a las utopías de ser meras quimeras, nuestra respuesta sugiere que no se trata de superar el carácter utópico de la utopía en favor de una utopía pragmática, sino, más bien, de reafirmar ese carácter en favor de una utopía metapragmática (Dantas, 2016). Es evidente que la utopía no puede comprometerse a ser alcanzable desde el presente. Su función histórica, ya sea en Moro, Comte o Mannheim, no es mostrar el camino, sino instigar el viaje. Por ello, Moro, al concluir su obra de 1516, afirma que aspira a que las ciudades inglesas sean como la capital de la isla de Utopía, Amauroto, y añade: “aspiro más de lo que espero”. Es decir, desde su inicio, la idea no es transformar la utopía en realidad. Si así fuera, perdería su condición misma de utopía. La idea es que una realidad que aspira a la utopía siempre busque la mejor versión de sí misma. Así, una utopía que persigue la realidad pierde el aliento, mientras que una realidad que persigue la utopía respira hondo. Es fácil adivinar cuál llegará más lejos.

5. Conclusión

Los problemas que surgen al margen de los tiempos nuevos no pueden encontrar respuesta en las estrategias viejas, ya que sus propias consecuencias son una incógnita y aún no existen series históricas que permitan anticipar su evolución. Seguimos intentando comprender los límites de la manipulación de imágenes que permite la inteligencia artificial, pero ciertamente no son los mismos límites que nos permitieron prohibir la publicidad engañosa en televisión en la década de 1950. Desde entonces, el mundo ha cambiado tanto que surgen problemas nuevos incluso antes de que podamos resolver los antiguos. No es posible, por tanto, abandonar aquella utopía que permite distanciarse de un tiempo fragmentado y estrecho, operando en un lapso fuera del tiempo. La utopía es un tiempo futuro que no ha trascendido el presente. Y es por eso que tiene el potencial de sanar el presente: precisamente porque no padece sus síntomas, sea la insuficiencia onírica, la fractura de voluntad, el infarto agudo de lo imaginario. Mens sana in corpore sano. La utopía es el alma que anima el ingenio civilizador de la humanidad.

Concluimos este texto (una oda clara al potencial movilizador de la utopía, entendida en sus términos adecuados, es decir, desde la perspectiva del metapragmatismo), reforzando que los tiempos actuales, más que postutópicos, son, como reconoce Jacoby (2005), antiutópicos. Pero este reconocimiento, lejos de borrar, expone aún más la necesidad, la urgencia y la primacía del espíritu utópico de la humanidad frente a los desafíos de nuestro tiempo. Porque la historia de la humanidad ha sido impulsada, ante todo, por la purga de lo imposible. Éste fue el caso de Américo Vespucio y su ruta imposible a la India a través de Occidente en el siglo XVI. Fue el caso de Galileo Galilei y su sistema heliocéntrico imposible en el siglo XVII. Fue el caso de Benjamin Franklin y su energía eléctrica imposible en el siglo XVIII. Fue el caso de Charles Darwin y su teoría imposible sobre los humanos y los simios en el siglo XIX. Fue el caso de Santos Dumont y su vuelo imposible de un objeto más pesado que el aire en el siglo XX. Todos ellos eran hombres racionales, rodeados de tecnología disponible y conocimiento acumulado. Pero ni la tecnología disponible ni el conocimiento acumulado les permitieron lograr lo imposible: se trataba de factores externos. Fue el aliento de la utopía que los impulsaba en su interior lo que descorrió el velo de la incredulidad inhibidora. Fue el impulso inagotable de la utopía en su interior lo que rompió la inercia de las certezas paralizantes. Fue la llama incandescente de la utopía en su interior lo que quemó las ataduras de la imaginación creativa. En un mundo y una época marcados por la incredulidad inhibidora, las certezas paralizantes y la imaginación sofocada, necesitamos, más que nunca, el aliento, el impulso y la llama de la utopía.

6. Referencias

  • ABBAGNANO, Nicola. Dicionário de Filosofia. Martins Fontes, 1998.
  • BERNARD, Philippe J. Perversões da Utopia Moderna. EDUSC, 2000.
  • DANTAS, Fagner. “Por Um Urbanismo Humanizante: uma utopia meta-pragmática.” Revista Brasileira de Sociologia da Emoção. V. 13. N. 14. 2016. 
  • DOSTOIEVSKI, Fiodor M. Memórias do Subsolo. Bertrand Brasil, 2006.
  • JACOBY, Russell. The End of Utopia: politics and culture in an age of apathy. Basic Books, 1999.
  • ________ Picture Imperfect: utopian thought for an anti-utopian age. Columbia University Press, 2005.
  • LACROIX, Jean-Yves. A Utopia: um convite à filosofia. Zahar, 1996.
  • MATTELART, Armand. História da la Utopia Planetária: de la ciudad profética a la sociedad global. Paidós, 2000.
  • MORUS, Thomas. A Utopia. Editora Ediouro. 2009.
  • MUMFORD, Lewis. The Story of Utopias. Boni and Liveright, 1922. 
  • RAMO, Joshua Cooper. A Era do Inconcebível. Companhia das Letras, 2016.
  • WALLERSTEIN, Immanuel. Utopistica ou As Decisões Históricas do Século XXI. Vozes, 2003.

  1.  Licenciado en Urbanismo y en Derecho. Tiene una maestría en Administración Pública. Escribe artículos científicos sobre urbanismo, derecho y otras materias, y produce contenido digital centrado en el análisis literario y la promoción de la lectura en YouTube e Instagram. ↩︎

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