Cuando, según la mitología hebrea, Dios le entregó a un joven las tablas con su ley, le solicitó a un pueblo entero no dar falso testimonio, es decir, no mentir. Nunca sabremos si fue Moisés o quien escribió su relato, pero al tener en cuenta que lo divino difícilmente se comunica con los humanos, lo más probable es que alguien haya mentido para pedirles a los demás que no mintieran. Más allá de maquinar una ironía exquisita, no deja de ser interesante que una mentira resultó provechosa en términos rigurosamente operativos: una sociedad funciona mejor si sus integrantes procuran no engañarse ni robarse ni matarse. Al final, lo de menos es descubrir si fue verdadero o falso, pues el relato terminó por sostener demasiadas instituciones como para reducirlo a un antojo frívolo de la imaginación. Una mentira funcional se había vuelto fundacional.
Para eludir la palabra mentira, la ciencia social ha optado por nociones menos severas —o más imparciales, según se aprecie—, como mito, fantasía, ficción o utopía, cosas que en sentido estricto no son reales, pero que, por alguna razón, funcionan. Dichas nociones no sólo nos permiten ampliar nuestra interpretación, sino también dejar de ver a los productos de la imaginación como una mera superchería o un engaño. Quien imagina propone una manera de ver el mundo, arriesga una hipótesis, formula un veredicto sobre el origen de las cosas. Es entonces cuando el imaginante se vuelve narrador, novelista, filósofo y hasta profeta.
Al tener en cuenta todo lo anterior, parece muy fácil distinguir a simple vista qué es imaginación y qué es realidad. Ciertamente, resulta bastante más complejo que eso. Conocer es una experiencia que nos sobrepasa, así que imaginamos para dar forma a nuestro mundo y representarlo según nuestra escala: temporal, cultural, personal. Así, la imaginación no sólo convierte en propio lo que el tiempo y el espacio separan de nosotros, sino que actualiza el relato, lo vuelve habitable y, sobre todo, llena sus vacíos. En ese caso, la realidad podría tomar formas diferentes —o “formas nómadas”, como diría alguna revista por ahí—. Más aún: cabrían dos verdades sin que forzosamente alguna deje de ser verdadera. La imaginación nunca es un capricho, ni siquiera en sus formas más extravagantes. La imaginación es, en cambio, el principio de la realidad.

