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Disyuntiva contemporánea de los varones: la ficcionalidad, masculinidades e imaginar lo posible

Devanir da Silva Concha

Uno de los temas más relevantes, pero subestimados, en la agenda de género en Chile actual corresponde a la/s masculinidad/es. ¿Hay formas alternativas de habitar el cuerpo del hombre? ¿Se puede descartar de la masculinidad ese imperativo tradicional de ser el fuerte, el que controla o el que provee? Frente a estas preguntas, la ficción ensaya algunas posibilidades.

Por: Devanir da Silva Concha 1

¿Qué sucede cuando lo real se muestra insuficiente? ¿Qué ocurre cuando el guion heredado —el del hombre proveedor, impenetrable, patriarca— cruje y deja al descubierto no una verdad, sino un vacío? La pregunta central, entonces, no es meramente antropológica, sino existencial. En este sentido, ¿puede la ficción, ese territorio de lo no-real, operar como una herramienta de lo posible para formas nuevas de ser varón? Centraremos la reflexión en la pregunta: ¿la ficción o ficcionalidad de lo real nos permite transformar la realidad social/sujeto? Situaremos esta reflexión y al intento de responder la pregunta mediante un cruce con lo político, el consumo cultural (cómics, cine, novelas), el género, las masculinidades y la virtualidad.

Lejos de ser un mero escape de lo real, la ficcionalidad se erige aquí como un espacio —por decirlo así— “pre-social” de posibilidades. En él, la identidad masculina, tradicionalmente concebida como un átomo social indivisible y coherente, puede ser observada y desmontada en su extrañeza, y reensamblada en formas no nombradas aún. Stuart Hall interrogaba: “¿quién necesita ‘identidad’?”. La modernidad nos dio esa narrativa lineal —un hombre, un destino, una esencia—, pero la experiencia humana, caótica y plural, se rebela contra ese corsé epistemológico. La ficción, en su libertad constitutiva, traza círculos donde la lógica impone líneas rectas; permite que lo múltiple coexista: que el padre sea también el hijo, que el héroe sea también el frágil y que la fortaleza sea también la ternura.

Los productos culturales que consumimos —el cine, la literatura gráfica, las series— actúan como una suerte de laboratorios simbólicos. No se trata sólo de que Superman, Newt Scamander o, incluso, Paddington Bear ofrezcan “modelos” alternativos; se trata de que, mediante su existencia narrativa, hagan visible lo que todavía no es realidad, pero que ya es imaginable. Estos recursos crean un anclaje de lo posible. Denise Jodelet, por ejemplo, hablaba del anclaje como el proceso que se integra a un objeto dentro de un sistema de pensamiento (simbólico) preexistente, cuestión que transforma a ambos. Así, un hombre que llora en una película de gran presupuesto no es sólo un guiño progresista, es también un acto de legitimación cultural. Entonces, es importante preguntarse, en relación con los varones, ¿qué hay detrás de la lágrima? Esa emoción, históricamente excluida del repertorio masculino legítimo, aparece como algo narrativamente real y, por tanto, socialmente posible. Es también relevante resignificar la violencia como expresión de la rabia y, justamente, como un componente sustantivo de lo que se busca transformar.

El Internet ha exacerbado y hecho visible esta batalla por medio de lo imaginable: a pesar de ser inmaterial, es simultáneamente el ágora y la trinchera de lo político, de lo emocional y de los cuerpos. Como señalaba Michael Moore, la red puede incubar un neomachismo reactivo, una “virilocracia” —término que usamos, más allá del patriarcado tradicional, para referirnos a las formas de legitimidad de las tres “p” de la masculinidad tradicional— digital que responde al pánico ante la disolución de los privilegios antiguos. Pero, en ese mismo espacio, bulle una frustración genuina que puede ser leída, como propone Nuria Alabao, no como un ruido reaccionario, sino como el síntoma de un duelo no elaborado: el duelo por un mandato que ya no sostiene, pero cuyo vacío no ha sido llenado aún por algo sólido. La ficción, aquí, tiene una tarea política de primer orden: ofrecer relatos alternativos de tránsito. No se trata de demonizar el pasado ni de celebrar una multiplicidad per se, sino de tejer narraciones que doten de sentido el paso de una masculinidad anclada en el dominio hacia una masculinidad afirmativa, construida no por la negación —“no seas eso”—, sino por una invención positiva —“puedes ser esto”—.

Raewyn Connell propuso pensar la identidad de género como proyecto colectivo, más que como destino. Éste es el núcleo del asunto: la transformación no será únicamente personal. Requiere de ficciones sociales compartidas, de utopías concretas que actúen como faros. A su vez, Elizabeth Badinter observó que la masculinidad tradicional se edificaba sobre negaciones. Así, la tarea nueva es construir sobre afirmaciones. ¿Cómo ser varón sin ser patriarca? ¿Cómo habitar el cuerpo masculino sin reclamar para sí el monopolio de la fuerza o la razón? La ficción puede esbozar respuestas, pero debe hacerlo con la complejidad que el tema exige: no mediante mensajes edulcorados o eslóganes, sino por medio de personajes contradictorios, procesos dolorosos, identidades en devenir. Además, la ficción puede ofrecer un guion para ser decodificado desde un mundo de significados tradicionales. Se trata de procesar, de manera colectiva, el proceso de identificación, como planteaba Freud.

Hay una paradoja fundamental: el varón es percibido simultáneamente como victimario del sistema patriarcal y como rehén necesario para su transformación. Cualquier política de género que lo ignore está condenada a la incompletitud. Por ello, es urgente pensar en políticas que permitan recoger la imaginación social latente. No bastan las leyes o los decretos si no van acompañados de un cambio en el imaginario social. ¿Cómo sería una política cultural que financie no sólo la representación de mujeres fuertes, sino también la de hombres en cuidados, en fragilidad, en comunidad? Se vuelve necesario, por tanto, también la construcción de contextos sociales habilitantes para una acción determinada, sin pensar desde el paradigma liberal (por ejemplo, aquél que dicta: “si quieres, puedes”). Es una ingeniería del alma colectiva tan vital como cualquier reforma institucional normativa.

¿Cuáles son las condiciones socioculturales (religiosas, económicas, simbólicas) que permitirían realizar un paso a lo desconocido (una masculinidad alternativa no posibilitada todavía) sin ese gesto de preservación? En el campo del género y las masculinidades, es necesario enunciar una pregunta más acotada: ¿de qué modo el sujeto masculino se distancia y rompe con el molde si todo su marco identitario es precisamente lo masculino y si, además, el cuerpo —su interlocución con lo real— no le permite establecer esa diferencia con la imagen arquetípica de la masculinidad? Dicho de otro modo: ¿cómo romper con el padre y, al mismo tiempo, evitar ocupar ese lugar de padre o de patriarca?

Al final, retomamos la metáfora de Simón Bolívar: “hacer revolución en América Latina es como arar en el mar”. Transformar la masculinidad patriarcal o la virilocracia tiene algo de ese trabajo ímprobo, tedioso, lento y cíclico. La ficción no es la varita mágica que drena el océano, sino el arado que surca las olas una y otra vez, creando surcos donde, quizás con el tiempo, prenda la semilla de lo nuevo. ¿Cómo empoderar los varones en función de la emancipación de la virilocracia? Las políticas de género siguen estando —con justa razón— focalizadas en mujeres, pero también pueden converger con la necesidad de situar, en el debate social, la idea de que la igualdad de género involucra a los varones en su diversidad. Y esto no es algo novedoso: se ha planteado desde hace décadas. Lo plantean autoras como Rita Segato, Elizabeth Badinter, Sherry Ortner, Roxana Kreimer o Nuria Alabao —a quien mencioné anteriormente—.

 Para el cierre de esta reflexión, quiero converger con la temática del número presente de esta revista: la utopía no es la mera multiplicidad —un catálogo inconexo de formas de ser hombre—, sino la construcción de un horizonte de igualdad genuina, donde la masculinidad deje de ser un mandato y se convierta en un lenguaje vivo, siempre por inventar. La tarea, entonces, es doble: desmontar la fantasía de la virilocracia y, al mismo tiempo, atreverse a ficcionar con paciencia un paisaje aún incierto de lo que podría ser. En ese acto de imaginación —colectivo, corajudo, literario— reside quizá la primera y la más profunda revolución, lenta y tediosa, pero que debe ser tratada con ternura.


  1. Antropólogo Social (U. de Chile), Diplomado en Género y Sociedad (UAHC) y M.D. en Antropología Social (U. of Gotemburg, Suecia). [A continuación, se enlistan los enlaces a sus diferentes páginas: LinkedIn, Academia.edu y ORCID]. ↩︎

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