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Ucronías Capriccio Metafísico

Rafael Arce y De la Borbolla

La Ciudad de México ha fascinado a muchos artistas, acaso no tanto por su belleza —siempre extraña, pero belleza al fin—, sino por ese carácter enigmático, contradictorio y las pletóricas historias que, bajo un mismo nombre, se (con)funden en una sola. A menudo se la ha querido reducir a un poema, un edificio o una novela, quizá sin saber que no habita en la imagen, sino en la imaginación.

Por: Rafael Arce y De la Borbolla

Primera Parte: Ucronías 1

…¿y si dijera que existe una ciudad en el ombligo de la Luna? El destinatario de esta relación —con justa razón— trataría dicha información de mentirosa, pues es bien sabido que la Luna no tiene ombligo y, por tanto, mucho menos ciudades… y sin embargo, por maravilloso arte, está edificada como si emergiera de sus grandes mares la más maravillosa y rica de todas las ciudades que he visto.

Empezaré la relación por explicar dónde se encuentra el ombligo de la Luna, puesto que si fuera menester para el destinatario visitar la dicha Ciudad o, de perdida, comprobar su mera existencia, requiere de la información propicia para cumplir con dicha tarea, especialmente por tratarse de una ciudad invisible si se mirase desde la tierra sin la instrumentación adecuada. El ombligo de la Luna está, como enunciado anteriormente, en un islote que flota en medio de las lagunas de la Luna —o Maria Lunares, como suelen llamarlos los selenógrafos— que a su vez están en un gran valle cercado por muy prominentes y empinadas sierras que corresponden a sus puntos cardinales. De esta manera, al norte se encuentra la Sierra de Aire, desde donde bajan los vientos selenos que refrescan las lagunas; al oriente se encuentran las Montañas que se aman: dos riscos muy altos y maravillosos con sus picos cubiertos de ese polvo albino tan característico de la Luna, y que por ser amantes y por ser de donde nace el Sol, y porque el cerro que es varón echa tan grande bulto de humo que ni el viento tuerce, sabemos que son de fuego; al sur, el monte donde florece el agua, haciendo que aquella región sea especialmente propicia a que crezcan abundantes bosques y flores; finalmente, el poniente está cercado por una muralla de tierra que se pliega en sí misma formando muchas colinas y muchas cañadas.

Por supuesto resulta más fácil encontrar las lagunas que los montes por estar aquéllas todas juntas y estos todos separados, pero, si de casualidad el destinatario encontrara primero los montes, basta con fijarse en las oscuras manchas que están entre ellos, porque esas son las lagunas.

Ahora, las lagunas constan de cuatro —o cinco, según quien los cuente— grandes cuerpos que durante la fase menguante están separadas, mientras que en su fase creciente quedan todas conectadas conformando una más grande laguna. Así, el cuerpo más septentrional, y también el que se encuentra a mayor altura, es el Mar de Calaveras o el Mar de Arena —según si se usa el nombre que le da el poblado de una orilla o de la otra—, que tiene un color rojizo y rodea a una isla habitada por arañas que, se dice, vienen de Marte (aunque no existe evidencia que sustente esto último). Ambos Maria son de sabor salado.

En la parte más meridional del Valle se encuentran otras dos lagunas, éstas de sabor dulce, que son el Mar de Flores (por sus muchos y muy gentiles vergeles) y el Mar de Jade (llamado así por su color verdoso).

He dejado para el final de la relación de los mares: el Lago Mayor —también conocido como el Mar de Espejos, por su superficie oscura cual obsidiana, que refleja todo el Valle— ubicado al centro y que se une a los lagos del norte por el estrecho de los Espejos en la Arena —formado por la Sierra de Aire— y a los del sur por un estrecho que nació cuando una cuadrilla pequeña de estrellas cayó entre las lagunas. Y en este lago confluye tanto lo salobre como lo dulce justo por quedar unido tanto a los mares boreales como a los australes, pero no se confunden nunca, en parte por la naturaleza y en parte por el trabajo de mano de quienes ahí habitan. Es justamente en medio de este mar donde se alza la capital de los habitantes del País de la Luna.

Antes de referirme a tan magnífica Ciudad, es preciso hacer una descripción del clima, puesto que muchas de las cosas extrañas que pasan en la Luna tienen su causalidad en las extrañezas de su clima.

Es por todos sabido que la Luna cuenta con las dos fases enunciadas anteriormente: la creciente, que inequívocamente se refiere al ejarbe de sus mares; y la menguante, que evidentemente se refiere a su estiaje. Y sin ser fases, sino puntos cenitales durante estas dos fases, cuando los niveles del Lago llegan a su máximo se conoce como Luna Llena, mientras que cuando llegan a sus mínimos se conoce como Luna Nueva o de Renovación (una obviedad para cualquiera que no sea un palurdo).

También es importante mencionar que en la Luna no existen la primavera, el verano, el otoño o el invierno, como sí en la Tierra. En su lugar, las estaciones son de flores y sus colores, de manera que el año empieza con la estación de la flor de fragancia, que pinta a los árboles de violáceo; le sigue la estación de las flores de muchos colores, pues las lluvias escurren los colores de los arcoíris para pintar los retoños del suelo; le sigue la estación de la flor de veinte flores, de un color anaranjado intenso; y finalmente llega la estación de las flores que florecen marchitas, pintando el paisaje lunar del más vivo de los rojos. Y sólo al ver que las flores cambian de colores es que uno advierte que han cambiado de estación, puesto que los días siempre son suaves, aun durante la larga temporada de lluviasen mitad de lafase creciente, donde los ríos cargados juntan a las dichas lagunas en una sola.

Cuando sí ocurren las estaciones de la Tierra, es a lo largo del día, porque todos empiezan con mañanas frías cual invierno; hacia el mediodía, el cielo se despeja revelando un Sol radiante propicio para un alegre día campestre típico de primavera; de la nada el cielo se oscurece y cae una tormenta torrencial —aunque durante la fase menguante sólo se oscurece el cielo— para, acto seguido, tener de nuevo un cielo despejado, pero con los aires boreales que bajan velozmente desde la Sierra de Aire muy característicos de las temporadas otoñales aquí en la Tierra y finalizar con noches relativamente frías. Así, lo que pasa en un año en la Tierra equivale a uno solo de los días de la Luna, pero a los habitantes de la Luna pareciera no importarles más que para salir de sus casas con todas las ropas según la hora.

Ahora hablaré de las muchas y maravillosas cosas que ocurren dentro de La Ciudad, aunque mucho de lo que de ella podría decir deje, lo poco que diré creo que es casi increíble, y es el motivo original de la relación, aunque —en palabras de un colega moro (que no morisco)— no describa La Ciudad como es, sino como debería ser.

Si bien es cierto que existen asentamientos magníficos en toda la orilla de los Maria y que están todos ellos habitados por las mismas gentes y se hablan las mismas lenguas y, al igual que las cinco lagunas que se juntan en una sola más grande, bien podrían ser todas una sola ciudad, pues quien conoce una las conoce todas (con excepción de los oficios en que se especializan, que siempre son diferentes, similar a lo indican muchas ordenanzas vascas), La Ciudad que describiré trata únicamente de la que está fundada en medio del Mar de Espejos, salvo por una que otra nota.

Esta felicísima ciudad está resguardada —según me informó un gran amigo y colega selenógrafo— por cuatro fortísimos baluartes extramuros —o ultramaria, si somos estrictos en la terminología—, que responden a los cuatro vientos principales que bajan desde las sierras antes descritas. En los cuatro baluartes habita una Doncella (de tela en los del norte y sur; y de talla en los del oriente y el poniente) muy apreciada por los habitantes, con la Luna debajo de sus pies, quienes, cada año en la fiesta de la Balada de Floripondios, le regalan sendas flores agradeciéndole su vigilia constante sobre La Ciudad.

La célebre ciudad está fundada parte sobre tierra y parte dentro del agua, y para entrar cuenta con tres puertas en cada uno de sus cuatro lados sin tener más muros que La Laguna que la rodea. Y a pesar de tratarse de una isla, cuenta con cuatro calzadas dispuestas en tres de los cuatro lados de La Ciudad, todas hechas por trabajo de mano de sus habitantes, de manera que La Ciudad forme así parte de la tierra firme. Por el lado que no hay calzadas, se entra desde La Laguna por medio de embarcaciones, sin haber necesidad de pisar tierra, haciendo que La Ciudad forme parte del Mar de Espejos asimismo, poseyendo aquella cualidad (que comparten todas las ciudades a las que se puede acceder por medios distintos) de presentarse diferente según si se llega por tierra o por agua, de manera que, si se accede por las calzadas, se manifiesta como un puerto con los altísimos y esbeltos edificios cuales mástiles de embarcaciones que acarician el cielo; mientras que, al llegar desde el Mar de Espejos, imita a los pesados montes que la rodean debido a las pesadas edificaciones pétreas que reciben a los visitantes.

En esta Ciudad, la más hermosa que jamás haya visto, una retícula de canales y una retícula de calles se superponen y se entrecruzan, muy similar a otra ciudad en la región traspadana. En algunas partes, calles y canales corren paralelos formando fondamentas con muchos locales comerciales desde las que se puede bajar a los canales por medio de escalinatas que se pierden en el agua —llamadas “rivas”— para embarcarse en las canoas de esa gente. En otras partes, el agua de los canales está casi al mismo nivel que el de las calles, de tal manera que la gente que camina platica con la que navega, y los puentes para transeúntes pueden girar sobre sí mismos, hacia un lado, mientras pasan las embarcaciones.

Antes de seguir describiendo a la Urbe, es necesario hacer un paréntesis para hablar de las dichas embarcaciones, pues tienen la particularidad de también funcionar cuales muelles, puesto que, si debieran descargar tantísimas cosas en rápido tiempo, pueden juntarse en tan ancho como largo camino sin más necesidad que una sola embarcación toque el embarcadero y los pasajeros brincan de una embarcación a la otra hasta llegar a la calle.

La cual Ciudad es muy extraña, pues nada de lo que pasa en ella parece real, sino más bien salida del ensueño, pues los mares son más calmos que la tierra, que suele tener fuertes oleajes. Debido a esto, las casas se construyen cuidadosamente —aunque de una manera suntuosa y graciosa—  y son en promedio de siete plantas de altura por haber mucha demanda por la tierra y haber muchas almas viviendo en la ciudad. Suelen tener entresuelos que las separan del piso, aunque también existen las casas que están dentro del agua, ya sea en parte o en su totalidad, por lo que es posible acceder a ellos con sus embarcaciones atravesando una puerta de agua que lleva a un vestíbulo que funciona como muelle interior conocido como “androne de agua”. Eso sí: todas suelen tener en sus techos jardines y huertos en los que producen frutos, verduras y hasta sus queridas flores.

Tiene muchas plazas, y además, de tanta admiración, pues las hay de todo tipo y formas: están aquéllas que, durante Luna llena, se inundan y se convierten en gigantescos espejos; otras donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender, y muchas veces los mercados se extienden por muchas calles y canales, aprovechando que los edificios tienen todos portales; y las hay unas últimas plazas que son más especiales puesto que son más íntimas, casi secretas, sintiéndose más bien como espacios privados, ideales para citas románticas y ver los cometas cruzar pintando el cielo de colores, lejos del bullicio que impera en la Ciudad. Y se dice que en estas plazas es donde mejor se entiende que, en la Luna, el mito que engrandece lo desconocido llega a ser un tesoro mucho más grande que la realidad tangible.

 La gloriosísima Ciudad cuenta más palacios que cualquier ciudad edificada en la Tierra. Sobra decir que todos los palacios son muy buenos y muy grandes pues, aunque no se crea, fueron hechos para ser morados por inmortales númenes y sus hipóstasis, y no por las gentes mortales que deambulan por la Luna. Y a diferencia de las casas —que pueden estarlo o no— los palacios están todos dentro del agua, aunque sea en parte, por lo que todos cuentan con un muelle o un androne de agua.

Y de todos los palacios edificados en esta Ciudad me referiré sólo a cuatro que siguen la dirección de poniente a oriente, como cuerpo de serpiente, y son los que más me han impactado:

El primero al que me refiero, y más hacia poniente, es el Palacio de la Concordia: un edificio cuyo cuerpo central es una altísima cúpula escamada de bronce que cubre una plaza y dos alas laterales pétreas más bajas. Está rodeado en tres de sus lados por el Mar de Espejos, y el lado que da a tierra mira directamente hacia el Ombligo de la Luna. Tiene una historia extraña, pues se pensó originalmente como palacio, pero se olvidó de serlo y volviose monumento. Después de un tiempo, decidiose a ser palacio de nuevo, pero ya sin olvidarse de ser monumento, siendo hoy las dos cosas: tanto palacio cerrado para quienes hacen leyes, como monumento abierto para el pueblo, de manera que, si algún legislador astuto quisiera hacer daño al pueblo, podría encontrarse con una turba molesta esperando.

El segundo es el Palacio de las Castálidas: una bella construcción de piedra albina tan parecida a la superficie de la Luna, coronado por una cúpula con los colores del Sol desde que sale hasta que se pone, en la que quedaron petrificadas, casi como cariátides, las musas de las artes. Es el panteón en que la cultura se materializa y se resguarda para transmitirla a las generaciones venideras, y resulta tan solemne que podría existir incluso en ruinas y seguir cumpliendo su función de transmitir aquello que resguarda.

El tercero es el Palacio del País de la Luna, o simplemente el Palacio Lunar, que se encuentra frente a la plaza central, que es precisamente lo que se conoce como el Ombligo de la Luna. Se trata de una tan grandísima construcción de piedra, que se puede ver la curvatura de la Luna. Su puerta de agua está al sur del Palacio, por donde cruza una acequia, que en fase creciente se desborda e inunda la plaza creando un grandísimo espejo que refleja los edificios que la rodean. Desde fuera, las gentes lo ven como la encarnación misma del poder, a pesar de no estar coronado por cúpulas ni estar hecho de suntuosas canteras; desde dentro, los gobernantes lo viven como prisión donde ellos están a disposición de la voluntad del pueblo.

Finalmente el Palacio de las Estrellas: el último de los grandes palacios, tanto geográfica como cronológicamente, en ser edificado en esta gran ciudad. Se encuentra en el levante tan alejado de la isla principal como de la orilla del Mar de Espejos, rodeado en sus cuatro lados por agua, y sólo es accesible por medio de las embarcaciones antes mencionadas. La edificación consta de una enorme cúpula forrada por una piel escamada de bronce similar a la que los mismos habitantes de la Luna presumen tener. Fue construido para distraerse de su vida cotidiana, y de paso colocar héroes entre las estrellas por medio de espectacular catasterismo.

De esta manera termino lo relativo a la relación de los palacios, porque querer de todos decir las particularidades y cosas que en ellos hay y decir se debían, sería casi proceder a infinito.

También quiero hablar de cómo la ilustre Ciudad es en parte habitada por monumentos deambulantes que andan por entre sus calles y sus canales sin importar cuán pesadas tengan las patas de bronce, siendo así que un día las plazas despiertan vacías y en las avenidas aparece de pronto una estatua que el día anterior no estaba y, según testimonio de antiguos observadores (que no hay razón para no suponer veraces), las estatuas se mueven en veces más que los propios ciudadanos, puesto que estos parecen correr mucho para quedarse donde ya están, mientras que aquéllas nunca pasan dos veces por el mismo sitio.

Algunos locales afirman que el deambular de los monumentos se debe a que la baja gravedad que impera en la Luna aligera sus piernas, otros afirman que es porque se cansan de estar en el mismo sitio y ver las mismas vidas rutinarias y tranquilas que transcurren sin repetirse. En verdad se mueven, según he podido saber, por un profundo sentimiento de impertenencia, pues su forma ya ni coincide con el tiempo ni con el lugar, y buscan cualquier esquina o cualquier recoveco en donde los habitantes del País de la Luna no los odien por ser tan ajenos y, al mismo tiempo, tan iguales a ellos… que si pudieran llorar estos monumentos, La Ciudad estaría sumergida en sus lágrimas, pero prefieren deambular pues las heridas en bronce no cicatrizan.

Mucho se ha dicho ya de la eximia Ciudad y poco se ha hablado de los habitantes de la Luna, conocidos también como “Lunáticos” —aunque ellos mismos prefieren ser llamados “selenitas” por la connotación equívoca que acarrea dicho gentilicio (pero a mi parecer, menos acertado, exactamente por carecer del carácter “disparatado” que tiene dicha gente)— y trataré de ser lo más claro describiéndolos porque no podré yo decir de cien partes una, de las que de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque yo, que con mis propios ojos las veo, no las puedo con el entendimiento comprender.

Generalmente suelen ser gente de carácter afable, cálido y ligero, que no se toma la vida con la debida gravedad. Por esto mismo ríen y hacen fiesta más que cualquiera de los pueblos de La Tierra. Y estando entre ellos y habiendo visto algunas cosas de ella, aunque pocas, según las que hay que ver y notar, puedo asegurar que, por el mismo carácter ligero que tienen, si un lunático tropezara y cayese, los demás no lo ayudarían a levantarse, no por crueldad, sino que convertirían la caída en una fiesta. Mas puedo decir también que guardan ciertas fechas establecidas en las que festejan lo místico y lo profano, y por supuesto están relacionadas con tradicionales danzas y —como prácticamente todo lo que pasa en la Luna— con coloridas flores. Y si el destinatario de la relación quisiera pasar un año entero entre los lunáticos, debería presenciar todos los jolgorios que enuncio a continuación:

La primera es la Noche de Jaranas, que celebra la separación de los sabores lacustres, mito fundacional del País de la Luna: la noche en que, dicen, las aguas aprendieron a no mezclarse, conservando cada una su gusto propio. Ignoran que el albarradón que divide las maria —una línea dura en medio del antiguo espejo— es presentado como origen y no como corte, de manera que su historia terminó por volverse geografía. Y por ser de noche, todo parece armonía: brindan, pintan los cielos con fuegos de artificio con formas de flores y danzan hasta que retiembla en su centro la Luna. Mientras, debajo, el agua sigue buscando el modo de tocarse y cerrar la herida.

Le sigue la Serenata Piadosa, directamente ligada a la estación de Flor de Veinte Flores, donde festejan la vida misma a sabiendas que un día, tarde o temprano, morirán, y placeres tan pequeños, tan simples, tan ordinarios (como lo es sentir en la piel los vientos que bajan de la Sierra de Aire o ver salir el Sol por las Montañas Amantes) jamás volverán a disfrutar. Los que habitan la Luna saben, quizá más que cualquier otro pueblo, que la muerte no sólo significa morir,sino no haber vivido.

La Tercera fiesta que un visitante no debería bajo ninguna circunstancia perderse, es la Balada de Floripondios que, como se indicó anteriormente, consiste en llevar flores a la Doncella de los Baluartes. Desde todo El País de la Luna, se arman grandísimas portadas de flores que llevan en larguísimos desfiles procesionales, ya sea por calzadas, ya sea por los canales o por el mismo Mar de Espejos, pintando toda la Urbe de aromas deleitosos.

Y la última fiesta de la que hago mención es la Conga del Fuego Nuevo, que así como la Luna se renueva en el cenit de su fase menguante, el Sol se renueva anualmente en la estación de la Flor Marchita y entonces se juntan los lunáticos y salen a cazar y destruir estrellas para que no compitan con el Sol, y para luego hacer magníficos banquetes y juegos y cantos.

Pero también es preciso advertir que no se debe tomar ese carácter alivianado como una debilidad para sacar provecho de ellos, puesto que se les hiere el orgullo fácilmente, y ofender a uno solo puede significar enemistarse con todos. Por eso el mejor consejo que puedo ofrecer a los extranjeros es tratarlos con ciertos modales, diplomacias y cortesías para conquistarles el corazón (algo gracioso si se piensa con detenimiento, ya que teniendo ellos tantas flores bajen la guardia echándoles más flores).

También es justo mencionar que su idioma es ininteligible para todo aquél que no sea nativo de la Luna, no tanto porque su lengua no se pueda aprender, sino que se expresan como si hablaran dos lenguas a la vez, diciendo la una cosa a los extraños (que cualquiera que los escuchase entiende) y, al mismo tiempo, la otra cosa para ellos (que les causa o mucha gracia o mucho enfado).

Suelen resguardar su ya de por sí dura piel con muy coloridas telas con motivos florales (como no puede ser de otra manera con tantas flores que crecen en su valle), pero también es común que la Mujer se vista con manto de estrellas, y el Hombre, de Sol.

Por último, y ya para terminar, aunque falten otras muchas cosas, que por ser tantas y tales no las sé significar, diré que los Lunáticos no muestran sus rostros, ya que desde niños se les enseña cubrirlos con muchas y maravillosas máscaras, pues detestan que se les vea la cara —aunque las más de las veces, sin darse cuenta ellos, tienen forma de la misma cara que la que esconden—.

Y por todo lo que cuento de esta maravillosa Ciudad y su maravillosa gente, no cuento todo lo que podría contarse, mas de esta manera doy fe de que algunas de las mentiras contadas en esta relación, si no es que todas, podrían en efecto ser verdad.

Segunda Parte: Capriccio2 Metafísico3

Carta Selenográfica para encontrar la Urbe de la Luna donde se muestran las cuatro (o cinco) lagunas, las cuatro Sierras, los cuatro baluartes orientados a los cuatro vientos, las cuatro calzadas que comunican a La Ciudad con tierra firme. Además, se muestran las fases lunares, el inicio de sus estaciones y sus fiestas.

El Mapa de Lünemburg (2026) fija por primera vez la traza de La Ciudad en el ombligo de la Luna. En él se disponen los cuatro baluartes que resguardan la isla, según los rumbos cardinales; el Palacio de la Concordia, el Palacio de las Musas, el Palacio Lunar y el Palacio de las Estrellas; la ubicación primigenia del errar de un Monumento Deambulante y el ingenio hidráulico que separa las aguas saladas de las dulces.

Durante la estación de Flores de muchos colores, La Ciudad en el ombligo de la Luna llega a inundarse debido a estar en el punto cenital de la fase creciente: Luna Llena. La plaza central se convierte así en una metáfora del Mar de Espejos, reflejando los pesados edificios que la rodean. En la imagen, al estilo de Giovanni Pannini, se aprecia uno de los monumentos deambulantes y el Palacio del País de la Luna.

Imagen al estilo de Giorgio de Chiricco del Palacio de las Castálidas, con su icónica cúpula de Sol resguardado por dos monumentos deambulantes durante la estación de Flor de Veinte Flores. Al fondo las montañas amantes.

El Palacio que no se olvidó de ser monumento y plaza pública en plena estación de Flor Marchita, que tiene el más vivo de los rojos que ni el mismo estilo de grabado monocromático de Giovanni Battista Piranesi puede apagar. Al frente uno de los monumentos deambulantes.

Vista al horizonte lunar desde la Estrella Caída. Es plena estación de Flor de Fragancia y se aprecia el Palacio de las Estrellas en medio del mar de Espejos en su fase creciente. Sólo se puede llegar por medio de las embarcaciones-muelles. En primer plano, una atalaya que sirve exclusivamente para anunciar la Conga del Fuego Nuevo. A lo lejos, La Ciudad en el Ombligo de la Luna. Al fondo, la Tierra, donde un Claude Debussy o un Beethoven componen Clair De Lune, ilusionados por el astro que alberga una preciosa Ciudad.


  1. Ucronía (del griego οὐ —no— y χρόνος —tiempo—):

    Reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos que especula sobre realidades alternativas, explorando qué hubiera pasado si hechos históricos cruciales hubieran ocurrido de forma distinta. Se basa en un punto de divergencia en el pasado, creando líneas temporales alternativas.

    ↩︎
  2. Capricho:

    a. En las artes plásticas es generalmente una fantasía arquitectónica, donde edificios, vestigios arqueológicos, ruinas y otros elementos arquitectónicos se componen a partir de combinaciones de elementos reales y fantásticos, ordenados según los criterios idiosincrásicos del artista. Grandes exponentes del estilo son Giovanni Paolo Pannini o Giovanni Battista Piranesi.

    b. Determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original.

    ↩︎
  3. Metafísica (pintura):

    Movimiento artístico italiano donde las pinturas son como sueños de plazas típicas de ciudades italianas idealizadas, como también las aparentemente casuales yuxtaposiciones de objetos, representaron un mundo visionario que se entrelazaba casi inmediatamente con la mente inconsciente, más allá de la realidad física. Grandes exponentes del estilo son Giorgio de Chirico o Carlo Carrà. ↩︎

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