Nuestro tiempo concibe la imaginación como un recurso individual y caprichoso, y la ubica fuera de la realidad. La imaginación es mucho más que eso. Es la clave del éxito de la humanidad sapiens: un recurso colectivo que los humanos emplean no sólo para cohesionarse, sino, fundamentalmente, para dominar su entorno y la naturaleza. La necesidad de sobrevivir ha sido el motor de la imaginación.
Por: Luis Beltrán Almería 1
Pocos temas de la agenda cultural suelen ser peor tratados que el de la imaginación. Hoy todo el mundo parece pensar que la imaginación es un fenómeno aleatorio e individual. No puede haber reglas ni normas para la imaginación. Es una facultad libre. Esta noción de la imaginación es una ocurrencia. Pero es una ocurrencia tan generalizada que pensamos que es natural y que no tiene sentido cuestionarla. Así lo piensan Pepe y Pepa, el hombre y la mujer de la calle, y los filósofos. Jean-Paul Sartre, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, publicó en 1960 un libro titulado Lo imaginario. El punto de partida de ese libro es que lo imaginario es lo contrario a lo real. Se pueden leer estas afirmaciones: “hay que imaginar lo que se niega”; “la obra de arte es un irreal”; “el objeto estético es un irreal”.
Los filósofos analíticos suelen ofrecer un discurso abstracto a mitad de camino entre la psicología subjetiva —fenomenológica, la llama Sartre— y la estética. Así ha pensado nuestro tiempo. El punto de partida de este ensayo es el opuesto: la imaginación es la realidad. O, mejor: es el vínculo entre la humanidad y la naturaleza.
Parece una broma sostener que la imaginación sea la realidad. Para sustentar esta idea, tenemos que ponernos en un punto de partida distinto del de Sartre o Pepe, el de la calle. Ese punto de partida es el genealógico, esto es, el de la gran evolución de la humanidad. El autor de estas páginas no piensa en un individuo que tiene ocurrencias, sino en la humanidad sapiens que ha conocido regímenes sociales y culturales distintos, es decir, regímenes imaginarios. Esos regímenes son etapas de la imaginación, y tienen sus leyes, sus normas y sus límites. Son la realidad que vivieron y viven los individuos de las hordas, las tribus, las poblaciones y las ciudades.
Esta premisa —la imaginación como realidad— tiene su complemento en lo que entendemos por realidad. Pepe, el de la calle, y Jean-Paul, el filósofo, entienden por realidad el presente. Los sabios que han ido más lejos en el culto a la realidad (es decir, al presente) han creado un concepto: el presentismo. Con ese término proponen una visión del presente como historia. En su versión más radical —y más falaz— esta condición supone que el pasado y el futuro no forman parte de la realidad, ya que lo único que existe es el presente. Pasado y futuro serían sólo construcciones del pensamiento, ficciones. Si damos un paso más, podríamos decir que son imaginación, tal como la entiende Pepe. El presentismo tiene adeptos en todas las disciplinas: en filosofía, en historia y, sobre todo, en los estudios culturales (lo que incluye los estudios literarios). Hoy, la posición hegemónica en los estudios culturales aplica los principios de la agenda actual a Cervantes o Shakespeare. Es una de las formas que adopta el presentismo. Todo fenómeno cultural, según eso, debe ser juzgado por criterios feministas, antirracistas o antiimperialistas. Cervantes, para los que sostienen esa perspectiva, es un autor imperialista, racista y, por supuesto, homófobo. Esta línea de pensamiento —que algunos llamarían woke— ha crecido en las últimas décadas porque es fácil detectar dichas limitaciones en autores del pasado, así que el estudioso puede sentirse superior a estas figuras consagradas, al sentirse poseedor de una perspectiva liberadora. El presentismo, la ideología woke, ignora la unidad de la cultura sapiens.
La visión individual de los fenómenos culturales y, sobre todo, de la imaginación los reduce a una escala individual, manejable y cómoda, pero falsa. El presentismo contempla una variedad de identidades. Se conforma con sublimar la diversidad y reivindicar la inclusión en nombre de la representación proporcional de las identidades colectivas —las mujeres, las etnias, las orientaciones sexuales, los trans—. No puede tomar conciencia de la gran evolución. Una mirada antropológica, en cambio, presta a los acontecimientos culturales —a la imaginación— un sentido trascendente, significativo. Norbert Elias lo explicó en términos más abstractos. Muchos fenómenos naturales, vistos de cerca, parecen manifestaciones del caos. Si ampliamos la perspectiva, podemos ver su dinámica. También ocurre eso con los fenómenos culturales.
La noción de imaginación como realidad se funda en la idea de que el primer rasgo identitario de nuestra humanidad es su capacidad de imaginar. La actividad sapiens es producto de la imaginación en varios ámbitos de eso que llamamos “vida”. Esos ámbitos son el laboral, el social —la familia, la vivienda, la alimentación, la ropa—, el tradicional o normativo —las costumbres y las leyes—, el institucional —los poderes—, el lúdico, el pensamiento y el estético. Cada régimen de la imaginación tiene un marco de trabajo —agrícola, industrial, financiero…—; un sistema de relaciones sociales —familia, clan, tribu, gremio…—; unas costumbres y tradiciones que limitan las posibles iniciativas individuales; unas formas de organización política y medios de educación que limitan las iniciativas colectivas; unas necesidades lúdicas —juegos, espectáculos, deportes— que refuerzan su cohesión social; y unas posibilidades de expresión artística que garantizan su cohesión intergeneracional. Estos ámbitos de la vida son los marcos en que se mueve la imaginación, sus leyes. Pero también podemos decirlo al revés: son la realidad de la imaginación, sus límites.
Dicho esto, resulta inevitable sospechar que el mecanicismo sea el motor de esta concepción de la evolución del Antropoceno. En efecto, los cambios de un régimen a otro no son mecánicos. Exigen unas condiciones determinadas más allá de la posibilidad de incrementar las fuentes de energía. Y, además, las poblaciones que adoptan los nuevos imaginarios lo hacen siempre rodeadas de otras poblaciones —muy mayoritarias— que no están dispuestas a seguir el camino de la innovación. Puede decirse que los cambios de régimen se cobran un precio en dos dimensiones: la humana y la natural. Destruyen naturaleza, paisaje, vida. Ése es el primer gasto de la gran evolución. Destruyen también a los colectivos humanos que se resisten a los cambios o, simplemente, que acechan y no son capaces de integrarse. Por último, sacrifican y reducen a una parte de la humanidad a la servidumbre, ya sea como esclavos, como mano de obra barata o como desplazados. Sin embargo, los nuevos regímenes se abren paso tras intentos reiterados —fracasos parciales, desde un punto de vista evolutivo— porque se impone su mayor productividad y cohesión, el aumento de la presión demográfica y la rentabilidad energética.
Ya podrá deducir el lector que la imaginación es el eslabón que media entre la humanidad y la naturaleza. Éste ha sido uno de los grandes debates modernos, si es que no es el debate. Marx funda su teoría en que el trabajo es la mediación entre lo que llama “hombre genérico” y la naturaleza. Habermas y otros han sustituido el trabajo por el lenguaje o la comunicación. Ciertamente, el trabajo y el lenguaje son vitales para la trayectoria de la humanidad, pero, para trabajar y comunicarse, se necesita un proceso previo que radica en imaginar cómo y qué. Se precisa elaborar símbolos, esto es, imaginar. Este debate es clave para el pensamiento moderno, no sólo por el impacto que haya tenido, sino, sobre todo, porque apunta el nuevo papel que la humanidad sapiens asume en la Modernidad: el de la conciencia de su propia existencia y el de los peligros que afronta su supervivencia. Es lo que llamamos “conciencia global”. Si el individuo tiene una conciencia —relativa— de que le espera la muerte, la era moderna toma conciencia —también relativa— de que puede fracasar o, incluso, desaparecer. El agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la expansión de las armas de destrucción masiva, las amenazas de las nuevas tecnologías, la superpoblación o las pandemias son aspectos parciales, retos para la conciencia humana genérica que se siente amenazada. La imaginación literaria moderna ha dado buena cuenta de esos peligros y ha ofrecido asimismo no pocos asideros en la travesía de nuestro tiempo. Cómo hemos interpretado esos símbolos da idea de en qué grado vamos aprendiendo a extraer su jugo. También los peligros se achican y los caminos reverdecen cuando se cohesionan en algo mayor, como un símbolo o una imagen, por ridículas o inútiles que puedan parecer. En esa mirada crece la conciencia genérica. Tales peligros exigen una nueva etapa de cohesión de los sapiens. Y la cohesión, que ha sido y es la gran fuerza de la humanidad sapiens, se funda en la imaginación: la capacidad de idear la mejora del presente.
La fuerza de la imaginación versa sobre su capacidad de cohesionar a la especie sapiens. Esa cohesión se consigue, ciertamente, en la actividad y en la comunicación, y tiene dos direcciones: la horizontal y la vertical. Mediante el lenguaje articulado, los ritos, los juegos, el trabajo o la tecnología, la imaginación cohesiona a los vivos. Es la cohesión horizontal. Mediante la creación verbal (la literatura) y las artes, la imaginación cohesiona verticalmente, es decir, cohesiona a las generaciones. Por eso las artes, sin aparente utilidad, son trascendentales. Quizá la frase más citada de Aristóteles sea esa de que “el hombre es un animal social”. Es una frase incompleta. Una lectura del libro primero de Política viene a explicar que el hombre solo es inviable. Tendría que ser un animal o un dios. Sólo animales o dioses pueden sobrellevar una existencia individual, no los humanos. En otros términos: los humanos nos caracterizamos porque sólo podemos sobrevivir cohesionados y, al contrario, la falta de cohesión pone en peligro nuestra supervivencia, sea individual o colectiva. En resumen, la clave de la supervivencia de los sapiens no ha sido la fuerza física —los neandertales eran más fuertes—, sino una capacidad de imaginar muy superior a la de otras especies vivas.
No hace mucho, investigadores del Howard Hughes Medical Institute en Janelia Research Campus (Virginia, EEUU) dijeron haber probado, mediante una interfaz cerebro-máquina ingeniosa, que las ratas tienen imaginación. Dicha especie puede recordar lugares que no están en su entorno inmediato. Ciertamente, los animales tienen memoria y facultades muy elementales de una imaginación que solemos llamar “instinto de supervivencia”. Otras investigaciones sobre los sonidos que emiten algunos animales, como los loros, han identificado mensajes distintos e, incluso, dialectos locales. Estos lenguajes permiten el aprendizaje de una generación a otra; sin embargo, la dependencia de la zona hace que, cuando esa familia desaparece, lo aprendido generacionalmente se pierda. Los limitados sistemas de comunicación entre animales pueden tener una utilidad limitada, pero no permiten consolidar una cultura a gran escala. La imaginación de los sapiens, que también parte del instinto de supervivencia, va mucho más allá. Evidentemente, la capacidad humana de imaginar no ha surgido de la nada ni de un día para otro: han sido necesarios millones de años para que evolucionara desde seres vivos elementales hasta los sapiens. Otras especies humanas han tenido también un grado alto de capacidad imaginativa, pero hay un salto entre la imaginación neandertal y la del sapiens, que es una imaginación capaz de unificar a la especie, sobrepasando los dialectos locales.
La travesía que va desde las ratas a la humanidad actual suele ser tratada de formas caprichosas y parciales, pero firmemente consolidadas en la conciencia moderna. Esas formas se pueden reducir a dos polos: el de la cultura y el del cognitivismo. El culturalismo presentista es una concepción histórica limitada de la existencia de la humanidad. Todo lo resuelve a partir de conocimientos de eventos e ideas que proceden del periodo histórico o, incluso, de la era moderna. Deja fuera un inmenso caudal de humanidad —el de los milenios que llamamos “prehistoria”—. El cognitivismo se presenta como una posición científica, psicológica, que reduce la comprensión humana a procesos mecánicos mentales que aparecen en los individuos. Esos procesos son los que han estudiado los investigadores de Virginia que trabajan con ratas. Naturalmente, las dos perspectivas tienen su parte de verdad, pero es la parte menos relevante de la verdad.
En un libro reciente, El juego y la risa, Alberto Lombo Montañés propone una interpretación del papel esencial del juego en la imaginación. Los humanos actuales —los sapiens— no hemos caído del cielo, sino de otros homos, que en su día bajaron de los árboles y caminaron erectos. El juego es una actividad que los homos hemos heredado de otras especies —mamíferos, sobre todo—. Y, para entender la trascendencia del juego, hemos de entender su papel en los procesos vitales. El aprendizaje de las emociones y el desarrollo de las actividades anatómicas y cognitivas dependen, en primera instancia, del juego. No sólo eso: la imaginación y el lenguaje —ya sea inarticulado o articulado— son productos de la evolución del juego. Ésa es la primera lección de Lombo Montañés.
La segunda lección —quizá la fundamental— es la de la conexión del juego con la risa. Los estudios sobre la risa no han sido muchos, si se tiene en cuenta la trascendencia de este recurso comunicativo. Los intentos de comprender la risa como un fenómeno fisiológico, psicológico o, incluso, retórico han dominado el siglo XX. Aunque algunos han alcanzado gran predicamento —los de Bergson, Freud o Koestler, más que nada—, la estrechez y la cortedad de miras de su planteamiento abstracto o mecánico los convierte en recursos insuficientes y, en la actualidad, manifiestamente obsoletos. Comprender la risa como fenómeno de la gran evolución del género homo (esto es, como un recurso de la comunicación gestual, previa a la comunicación verbal, y no verbal) es posible a la luz de la comprensión evolutiva del juego y de sus limitaciones —las del juego—.
Probablemente la explicación de que los sapiens desarrollaran su imaginación hasta unos niveles jamás vistos en el planeta se deba a su debilidad ante otras especies, desde los otros humanos a los depredadores. Para dar caza a mamíferos más poderosos o rápidos era necesario dotarse de tácticas que no sólo se basaran en las mismas cualidades de sus oponentes, sino que pusieran en juego maniobras inteligentes fundadas en la cooperación de la horda. Jeremy Rifkin es el autor de un gran libro, La civilización empática, en que pone el acento en una cualidad sapiens: la empatía. La otra cara del libro es que Rifkin practica un método ecléctico: una mezcla muy sabia de cognitivismo y cultura que limita su reflexión. La empatía es sólo una faceta de la cohesión.
Fred Spier, teórico de la gran evolución, la Big History, ha explicado mejor esta cuestión en un libro reciente, How the Biosphere Works: Fresh Views Discovered While Growing Peppers, mediante una comparación con los ordenadores. La aparición de especies con cerebros cada vez más grandes y capaces de formar imágenes del mundo exterior y de sí mismas supuso la aparición de la conciencia. Además, les permitió a algunas obtener una visión general de su entorno directo, sin dejar de prestar atención a los detalles. Estos avances hicieron posible la previsión: reflexionar sobre lo que podría deparar el futuro y adaptar el propio comportamiento a tales percepciones. Todo esto debió ser muy rudimentario al principio. Gracias al hecho de que los cerebros empezaron a funcionar con software —un proceso que aún no se comprende bien—, tener estos cerebros también abrió la posibilidad novedosa de aprender de las experiencias. Como resultado, para adaptarse a las circunstancias en que se encontraban, cada vez más formas de vida ya no estaban limitadas por el proceso de selección natural, ya que también podían empezar a confiar en el aprendizaje cultural. Esos primeros cerebros pueden haber estado en su mayoría cableados, con pocas posibilidades de adaptación —si es que había alguna—, al igual que los primeros ordenadores que se utilizaron en el programa espacial Apolo para llevar hombres a la luna. Esos ordenadores de a bordo estaban literalmente cableados, y sus programas no podían actualizarse fácilmente.
A esta explicación de Spier cabe añadir que las especies más humanizadas —perros, gatos, caballos— pueden aprender algo de los humanos. Mi gato Lucas no pudo aprender de su especie porque fue separado al poco de nacer. Pero vio cómo los humanos accionábamos una pequeña palanca para abrir la puerta del jardín y un día empezó a dar saltos para abrirse la puerta. También vio que la perra Sally llamaba con ladridos para que se le abriera dicha puerta, e hizo lo mismo con sus maullidos. Sin embargo, estas especies no son capaces de transmitir sus experiencias entre sí porque su medio de comunicación es demasiado elemental y su imaginación demasiado limitada, sujeta a la supervivencia. Los humanos sapiens aprendimos hace unos pocos milenios a imaginar algo más que la supervivencia. A eso se llama comúnmente “imaginación”. Se olvida la etapa esencial de la imaginación: sobrevivir.
- Teórico de la literatura y ensayista. ↩︎
