Sin mucho fundamento, el imaginario del proyecto trumpista está habitado por personajes peligrosos y situaciones que amenazan al estereotipo de familia estadounidense (blanca, conservadora, heterosexual, cristiana). La cotidianidad de quien hace suyas dichas ficciones asume formas grotescas, pues es de todos conocido que la imaginación no sólo suscita prodigios. A veces también deviene en histeria, intolerancia, fascismo.
Por: Adrián Galindo Castro 1
El objetivo de este ensayo es comprender las bases simbólicas del trumpismo, la función que cumplen en la incubación de las masas que enarbolan la “esencia del ser americano” y el apoyo que estas huestes brindan a las políticas antiinmigratorias implementadas por el gobierno de Donald Trump.
Las afirmaciones grotescas de Trump dirigidas contra los migrantes y la adopción de medidas de desplazamiento forzado que implementó desde su regreso a la Casa Blanca, durante su segundo periodo de gobierno, están sustentadas en una supuesta invasión invisible que pone en peligro el modo de vida americano. Esta oleada antiinmigratoria nueva no es solamente la continuación de las políticas persecutorias ejecutadas por gobernantes anteriores, como la de Barack Obama, a quien pertenece el récord de deportaciones, con alrededor de 2.5 millones de personas entre 2009 y 2015. No es únicamente la intención de expulsar millones de personas por cuestiones como la inseguridad o el costo de la salud y los servicios sociales. La caza de migrantes, principalmente de origen latinoamericano, esconde la aspiración por realizar una limpieza étnica similar a otras experiencias históricas (como la que se llevó a cabo en Suecia por razones de “higiene social y racial”, avaladas por el Instituto Sueco de Biología Racial que funcionó entre 1922 y 1958 con el propósito de dotar de base científica a la eugenesia social), sólo que, en el caso americano, la solución a la “enfermedad social” no son las esterilizaciones, sino las deportaciones, y lo que se esgrime para ejecutarlas no es una justificación “científica”, sino alegatos de seguridad nacional.
La repulsión de Trump a los extranjeros es, sin embargo, selectiva. No es un rechazo a todos los inmigrantes —su propia madre lo fue—, ni a todos los ilegales —su propia esposa lo ha sido—. El odio de Donald Trump está dirigido específicamente a la población no blanca. El supuesto patriotismo que envuelve la imagen de Trump excluye el reconocimiento, como parte de la nación americana, de personas afrodescendientes o de origen latinoamericano, así como las aportaciones que estas colectividades han brindado a la sociedad estadounidense, gracias al legado de sus ancestros africanos o la riqueza cultural heredada de los pueblos latinoamericanos. Es la misma incongruencia y contradicción de Trump entre su apelación moral a un rescate histórico de la “grandeza de América” y su afición pederasta.
Pero Trump no está solo en esta cruzada. Lo secundan tanto individuos encumbrados en la élite del poder (expresión del sociólogo Charles Wright Mills) como los marginales que asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021, es decir, representantes del “americano” plebeyo, votantes entusiastas de las medidas antiinmigratorias que Trump esgrimió como promesa de campaña. A pesar de las grandes diferencias sociales, unos acaparan dinero, prestigio y poder, mientras que los otros carecen del capital cultural suficiente para dejarse llevar más por sus arrebatos que por sus intereses. No obstante, hay un factor que construye una identidad común: el imaginario de formar parte de la salvación de “América”.

Si bien el saludo nazi de Elon Musk en la celebración de la investidura de Trump dio la impresión del ascenso de un racismo ario a la cúspide del poder político, no sólo se trata del supremacismo blanco habitual —el Ku Klux Klan ha postulado una demanda persistente de segregación, no de deportación—, sino que también se suma un mito de naturaleza demográfica que sirve de marco para crear una identidad común entre políticos ultraconservadores y sectores poblacionales cuyo nivel socioeconómico ha descendido y que, según perciben, han sido desplazados por minorías étnicas, religiosas y de la diversidad sexual.
El proyecto encabezado por Donald Trump aparenta ser un movimiento político renovador, impulsado por percepciones realistas sobre los riesgos y las amenazas que enfrenta la Unión Americana, pero lo que el trumpismo constituye en realidad es la conjunción de fobias, prejuicios y visiones distorsionadas hacia un sector de la población cuyo propósito principal es integrarse a la sociedad estadounidense. Sin tener una claridad intelectual del soporte hipotético y programático que respalda su apoyo a la campaña antiinmigrante, las masas que acompañan al trumpismo sustentan su conciencia práctica en una base imaginaria que tiene un contraste evidente con la realidad.
El trumpismo carece de la base intelectual que dé consistencia teórica y ética a sus principios. En cambio, cuenta con propagandistas mediáticos y otros promotores entusiastas como Ben Shapiro o Charlie Kirk —éste último asesinado en un campus universitario el 10 de septiembre de 2025—. Sin ser plenamente conscientes de ello, los diseñadores, ejecutores y avaladores de las políticas actuales tienen su asidero discursivo en obras de ficción que han servido de inspiración al surgimiento de la denominada “derecha alternativa europea”. La novela que ha dado pauta para dotar de una base moral a los racistas europeos nuevos —El Gran reemplazo (2012), del francés Renaud Camus— es, en realidad, un panfleto que promueve una ideología conspiracionista. Junto con otros textos como El campamento de los Santos (1973), de Jean Raspail, y Eurabia (2005), de Bat Yeór, este tipo de obras reconstruyen un imaginario en que la población blanca de las naciones europeo-occidentales se vuelve minoría por efecto de la inmigración de grupos musulmanes, además de la propensión de las familias islámicas a tener un número mayor de hijos.
El temor a este supuesto cambio poblacional en un futuro próximo es el sentimiento que alienta a los contingentes trumpistas para frenar el mito del recambio poblacional. Por eso, el llamado al Make America Great Again (MAGA) se convirtió en el grito de batalla en que creyeron millones de votantes. No es el orgullo, sino el temor al extraño —como escribe Zygmunt Bauman— lo que subyace en esta guerra interior encubierta, cuyo objetivo es frenar el flujo migratorio, fenómeno que, por las condiciones de los países de origen, pero también por las necesidades y posibilidades del país receptor, se vislumbra muy poco probable, pese a que el bloqueo migratorio sea un objetivo prioritario del National Security Strategy.

- Doctor en Sociología, Profesor de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. ↩︎
Notas sobre las imágenes: a continuación, se enlistan los créditos autorales:
a. Imagen de la portada: Gage Skidmore (el material se comparte bajo la licencia Atribución-CompartirIgual 2.0 Genérica de Creative Commons). Se han hecho ajustes a la fotografía original: se aplicaron sombras, filtros y el fondo se ha difuminado.
b. Imagen 1: Ted Potters (el material es de dominio público).
c. Imagen 2: The White House (el material es de dominio público).

