La imaginación es una potencia creativa, aunque también una fuente de conflicto, cansancio y contradicción. No es de extrañar, por tanto, que el dogma y la consigna sean un descanso frente a la libertad imaginativa, esa fuerza proteica que no desaparece, incluso cuando se intenta domesticarla, y cuya tensión constitutiva acompaña al ser humano de manera permanente. La imaginación tiene un origen único, pero muchas metamorfosis posibles.
Por: Jaime Costeira Badillo 1
Condenados a soportar el abrumador ensimismamiento de nuestro vulnerable pensar, caminamos sin descanso, contemplando sin contemplar, como testigos —acaso inmerecidos— de la metafísica que nos hace hombres: una bendición y, al mismo tiempo, un tormento que nos acompaña desde la génesis. Recorridos interminables y, sin embargo, instantáneos; más reales que la realidad misma; pertenecientes a una voluntad divina que no obedece a la razón y que se labra, sin aviso, como cualquier entelequia fugaz para conformar el mundo de las ideas. Es el pensamiento, en su forma más libre y visible —la imaginación—, un monstruo proteico, el único acompañante contradictorio en nuestra individualidad perpetua. Ese compañero es a la vez guía y verdugo: la herramienta que se sirve de nosotros y que existe para y por nosotros, aun cuando pretendamos ignorarla.
Nacido de los sentidos, como expuso Aristóteles y nos recuerda S. Dedalus, el pensamiento se moldea a partir de impresiones completamente personales y sensoriales del mundo exterior, transformándose en la base de todas las ideas y, por consiguiente, de la imaginación. Práctico fue el heroico Menelao, quien obligó al místico profeta y solitario marino a revelarle el camino a casa. Menos heroico, pero quizá más fácil de empatizar, resulta el ejemplo de Joyce y su Proteo. Es a esa metamorfosis del pensamiento —que no es otra cosa que su capacidad imaginativa— y a su libertad incomparable a la que se enfrentaron ambos personajes: dos interpretaciones alegóricas de una misma moneda que cualquier mujer, hombre o niño carga en el bolsillo. Recuerdo a aquel desdichado personaje caminando por la playa, reflexionando desde su percepción —que atraía a sus recuerdos—, tratando de dominar a Proteo, es decir, su propia imaginación; recorriendo por medio de la reflexión, viviendo a través de ella.
Tal vez convendría detenerse aquí, no para aclarar —pues aclarar suele ser una forma de empobrecer—, sino para admitir que esa compañía no siempre es consciente. No caminamos junto al pensamiento porque lo hayamos elegido, ni siquiera porque sepamos reconocerlo cuando aparece; caminamos con él porque no hay alternativa posible. Y aun así, rara vez aceptamos su presencia sin resistencia. Preferimos pensar que decidimos, que controlamos, que conducimos algo, cuando en realidad apenas seguimos una estela que ya estaba allí antes de que creyéramos advertirla.
Quizá por eso la imaginación resulta tan incómoda: porque no obedece, porque no confirma, porque no se deja reducir a utilidad alguna. Nos enfrenta a lo que podríamos ser y, peor aún, a lo que podríamos no ser nunca. Frente a esa intemperie, no sorprende que muchos opten por refugiarse en formas ya dadas, en lenguajes prestados, en consignas que eximen de la fatiga de pensar por cuenta propia. No por maldad, ni siquiera por cobardía, sino por cansancio. Pensar —en serio— agota.

Y, sin embargo, incluso en ese abandono, la imaginación no desaparece. Se repliega, se disfraza, se disciplina. Acepta la forma del dogma no porque haya dejado de ser imaginación, sino porque ha sido forzada a servir. Cambia de rostro, como Proteo, pero no de sustancia. Sigue allí, operando, aun cuando creemos haberla sometido. Tal vez por eso ninguna ideología logra clausurar del todo el pensamiento que la sostiene, y ninguna consigna consigue sofocar por completo la inquietud que la hizo necesaria.
Algunos aprenden a convivir con su existencia; otros la ignoran o incluso la pierden; pocos logran gastarla como los grandes artistas o pensadores, y la mayoría la entrega sin chistar, cómplice de una resignación general que rara vez se reconoce como tal. Es inconcebible imaginar que esa batalla contra el pensamiento exista y, sin embargo, lo hace. No me refiero —como puede resultar evidente— a la censura hacia terceros, a los debates binarios o a la ignorancia en sí misma, meras consecuencias del fenómeno que intento describir. Me refiero, por fanáticos, a aquellos individuos colectivizados que se autocensuran. Combaten no para enfocar su imaginación ni para interpretar su alrededor; buscan —en prejuicio inmerecido—, como el guerrero Menelao, una guía que, en rigor, no existe.
Lo toman por el cuello y lo observan mutar: el camello, el león y el niño; no como simples figuras morales, sino como auténticas metamorfosis del espíritu imaginante. Incapaces de comprender el misterio, deciden interpretarlo a conveniencia desde algún dogma identitario que los absuelva de la duda. Al no resignarse a su cerrazón mental, se acoplan a un rebaño o, en el peor de los casos, fundan el propio. Son estas masas, lideradas por gurús ideológicos y espiritualistas dogmáticos, las que mutan con la ideología intentando resolver aquel —y probablemente único— problema enteramente ontológico: el Ser. Y no deja de ser irónico que esta mutación no sea sino otra de las formas posibles del pensamiento. Como S. Dedalus, estamos condenados a caminar a su lado.

La primera cara de la moneda, fabricada —como es coherente imaginar— del mismo material, nos muestra su lado afable, tan digno de admiración como su contraparte: la libre creación. Del otro lado aparecen el dogma, la consigna y, en muchos casos, los símbolos vacíos, que no son sino valores desvirtuados de una sociedad enferma de sí misma. Ya hemos reconocido el valor de la primera, pero cabe preguntarse qué ocurre con la segunda, que aquí sólo parece objeto de crítica.
Destinada a engendrar algunas de las peores metamorfosis y frustrada por verse eclipsada, solemos olvidar que cumple una función complementaria. El pensamiento no puede dividirse en categorías cerradas: sólo puede comprenderse en su multiplicidad, tan vasta como el espíritu humano. Dogma y consigna son, ante todo, dispositivos de descanso: formas de la imaginación cuando ésta renuncia al riesgo. Allí donde la imaginación libre exige desgaste, soledad y decisión, el dogma ofrece reposo; donde la creación obliga a elegir, la consigna absuelve de hacerlo. No se trata de una perversión externa al pensamiento, sino de una de sus salidas posibles cuando el peso de la libertad se vuelve insoportable. La imaginación libre y la imaginación domesticada comparten origen; lo que las separa no es la materia, sino el coraje de quien la porta. De ahí que el dogma resulte tan seductor: promete sentido sin vértigo, pertenencia sin pregunta, identidad sin riesgo. ¿Es admirable? Apenas comprensible. Y quizá por eso mismo, tan difícil de abandonar.
La contradicción es una incertidumbre que nunca desaparece. Sólo a ratos, como a S. Dedalus, se nos conceden breves respiros de una realidad colmada de preguntas sin respuesta: instantes en los que alcanzamos a vislumbrar la enormidad del pensamiento. Podemos compartirla o imponerla; sin embargo, esa visión —lo único que verdaderamente poseemos— habita en la soledad y se nutre de la imaginación. Una batalla que nunca ganaremos, un enemigo con el que siempre conviviremos y del que, según nuestra capacidad, provendrán tanto el dolor como el goce.
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Un Estudiante
- Escritor y autor en colaboración [ jaimecosteirabadillo.com ]. ↩︎
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