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La fantasía piensa, la imaginación ve

Edgardo Dallachiesa

En un mundo dominado por las tecnologías digitales, la capacidad de imaginar parece replegarse y ceder su espacio a representaciones distorsionadas. Dicho asedio, sin embargo, nos hace recordar la importancia de la fantasía y la imaginación, dos elementos que, instrumentados colectivamente, tienen la potencia de cambiar la realidad.

Por: Edgardo Dallachiesa 1

La realidad utópica de Tomás Moro, quizá construida por la fantasía de una vida mejor, donde una sociedad vive en un no lugar que tiene todas las características de una ficción —bien podría ser un producto de Netflix—, refuerza la imaginación de un cambio posible que puede llegar a materializarse como lo ha hecho actualmente una tecnología que arrasa con todos los sueños convirtiéndolos en ideas, capturando “industrialmente” la atención de las personas.

En este sentido, a pesar del juego de palabras anterior, que puede ser un tanto difícil de “digerir”, el individuo relacional, aquél que puede establecer un diálogo y debate serios con sus pares en provecho de un futuro beneficioso para todos, debe percatarse de que las imágenes que invaden constantemente su cotidianeidad —que nunca oficiaron como contenidos básicos de una educación, como el lenguaje, sino que solamente fueron sostén de un discurso construido con palabras y, en algunos casos, posicionadas como meras ilustraciones ornamentales— hoy son signos que —inteligencia artificial mediante— presentan una apariencia engañosa de naturalidad, pero que, en realidad, son parte de un mecanismo distorsionador de representación.

En la actualidad, los signos que forman parte de nuestro entorno controlan las relaciones, creando indiferencia en algunos casos. Por eso, generar cambios o mundos es muy difícil, pues las culturas donde se construyen las prácticas sociales, de las que están imbuidas los imaginarios colectivos, están expuestas a las formas de innovación (sin precedentes) que sintetizan el momento de reconversión de coyunturas en los contextos actuales. Hay que diferenciar la mentira de la verdad, un ejercicio donde las fronteras se diluyen y los obstáculos aumentan exponencialmente debido al dogma de la inteligencia artificial.

Es útil pensar en una infidelidad voluntaria provocada por una manipulación de información que altera la imaginación. Si pensamos que se puede lograr un cambio innovador que se aleje de la realidad concreta, que modifique la sustancia del mensaje a partir de una reconstitución del ahora mediante la identificación de la forma, tenemos que ejercer una crítica constante y estar atentos a las propuestas que, desde una hegemonía complaciente, nos son impuestas muchas más veces que lo previsto. Desde una visión optimista, entonces, lo posible es lo que todavía no es, pero que puede ser. Para eso está la imaginación, que eleva las ideas por encima de la realidad, aunque en ese punto hay que pensar en una lectura colectiva entre imaginar y crear.

Si hablamos de las ideas (ocurrencias que suceden en algunos casos cuando interactuamos con el otro), no podemos circunscribirlas solamente a un campo comunicacional, como la imagen propiamente dicha, sino que debemos ampliar el concepto a todos los espacios de intercambio que tenemos en lo cotidiano. Picasso decía que él no buscaba, sino encontraba. Así, en nuestro trato diario, a partir de una relación diádica, pensamos en primera instancia y creamos en el siguiente paso. Encontramos en el otro una historia a través de una relación que puede disolver barreras y compartir experiencias genuinas.

Por otro lado, la noción de proceso está presente siempre, ya que no podemos omitir proyectar lo que tenemos en mente gracias a la imaginación. Pero este proyecto —¿utópico?—, como las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino, actualmente se hace realidad bajo la condición de los sujetos modernos, donde la fragmentación hace estragos con relación al pasado, donde la pregunta anterior puede carecer de sustento, pues ya no parece ser tan difícil llevar a cabo una creación devenida de una idea. Dicha dificultad desaparece porque, indudablemente, un sinfín de alternativas (que producen verdades, pero también muchas falsedades) se constituyen de forma irremediable en un orden comunicacional nuevo. Y es así como tenemos por delante un “sencillo” desafío para la fantasía: cambiar el pensamiento dominante.

No podemos evitar conocer que el ser humano ya no se halla rodeado de naturaleza, sino de todo cuanto ha hecho y proyectado, labores que surgieron del pensamiento, de la facultad mental de representación de escenarios posibles, muchos de los cuales son sumamente necesarios de evaluar al momento de un cambio. La visión de esa fantasía será el verdadero desarrollo de las personas identificadas con un proyecto, ese encuentro entre la teoría y la práctica.

La fantasía piensa y la imaginación ve: el mundo como proyecto no depende de razones universales impuestas, sino que debe adecuarse a una finalidad, a un fin que debe ser útil, pero, en el presente, el provecho se sustituye por el abuso del consumismo.

Hay que pensar proyectos porque son aperturas a espacios nuevos: abren perspectivas, descubren territorios de nuevas posibilidades. Innovar es la palabra que sintetiza el momento de adquirir formas sin antecedentes, que se sientan con mayor fuerza y que se reconviertan en coyunturas mucho más apropiadas al contexto actual. Esta condición se logra —entre tantas opciones— con la capacidad de imaginar una alternativa que no existe y poder desarrollarla. Toda práctica cultural tiene la voluntad de comunicar y producir sentido en el territorio de la visualidad, del ver y del comprender. En este territorio, influye y provoca conductas en el receptor.

Se necesita una sublevación contra la resignación, quizás cambiar la vida, como dijo Rimbaud, o transformar la sociedad, como dijo Marx. Así, la imaginación adquiere, bajo estas premisas, valor de soberanía. La cuestión es tratar de entender las necesidades sociales como fines o como objetivos expresados por grupos, cuyas prácticas sociales no alcanzan a constituirse como alternativas socializables y que quedan reducidas a un entorno propio. Se trata de establecer otro punto de vista, de construir en el presente las mejores condiciones para que el futuro que deseamos (que de ninguna manera es inalcanzable) se llegue a concretar. La acción se inicia en el mismo momento que se piensan mecanismos para promover un cambio de mirada de los sujetos.

Es necesario hacer ver, en las prácticas sociales, una manera de poner de relieve las relaciones para favorecer su inteligibilidad, y hacer que las imágenes pensadas y luego vistas modifiquen ciertas conductas en las personas, buscando adhesiones y reforzamientos a lo existente. Nos debemos beneficiar unos a otros, no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias. Se debe actuar en consecuencia para revertir el paradigma imperante, en que los signos de la miseria promueven la miseria de los signos.

Se piensa de manera constante en imágenes del presente, pero hay que imaginar imágenes del futuro que puedan aportar a la aplicación de un proyecto, una recuperación en tanto mejoramiento de la calidad de vida. Esta mejoría implica una anticipación determinada por la fantasía de los actores. Dicha anticipación, pensada como dispositivo, está supeditada a la visualización de lo invisible: construcción de formas de sociabilidad, intercambio, comunicación y pertenencia de los individuos a los proyectos diferentes. Se coincide en el binomio cultura-sociedad. Es en la cultura que fluye de la cotidianeidad, donde los significados interactúan y constituyen tanto el escenario de intervención como los problemas sociales. Y es en la sociedad donde residen las mayores dificultades.

En tanto haya individuos que carezcan de imaginación (o por el contrario, individuos cuya imaginación trasciende lo pensado), estamos siempre en un problema, sobre todo cuando no se establezcan relaciones que focalicen un objetivo común y determinen un diálogo sano sin discusiones vanas. Si el intercambio se lleva a cabo, la fantasía será tanto más viva cuando, bajo una mirada cuantitativa, sean muchos los datos que se evalúen. Es tan agradable pensar en cosas nuevas que a una persona puede bastarle el hecho de que aquello que ha imaginado sea sólo nuevo para ella. Sin embargo, al compartir con el otro, quien seguramente ha pasado por el mismo trance, está la inteligencia de seguir andando por el camino correcto.

Para concluir, debo pensar inexorablemente —debido a mi formación como diseñador en comunicación visual— que la fantasía (aquella facultad del espíritu capaz de inventar imágenes mentales distintas de la realidad) hoy deja de ser ensoñación debido a la confusión invisible a que estamos sometidos por obra y gracia de las redes que todo lo pueden. No debemos renegar de la tecnología, pero sí tenemos que aceptarla, manteniendo distancia y entendiendo que, al igual que la rueda, es una herramienta más. Tenemos que despabilarnos y ver claramente que las grandes mentiras también construyen la realidad: si seguimos en el mismo rumbo, seguramente llegaremos a donde nos dirigimos… un lugar que, probablemente —es una alternativa no desechable—, no sea de nuestro agrado.

En un pasaje de una historieta argentina famosa de ciencia ficción, El Eternauta (1957), uno de los personajes principales dice: “nadie se salva solo”, un lema central sobre la importancia de la comunidad frente a la adversidad. Es un ejemplo más de los muchos que se nos presentan a quienes creemos en los espacios colectivos.


  1. Diseñador en Comunicación Visual. ↩︎

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